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Howard Zinn

Reflexiones sobre la desobediencia civil y los acontecimientos actuales en México

Reflexiones sobre la desobediencia civil y los acontecimientos actuales en México

Memoria Virtual


Exaltar el imperio de la ley como un absoluto es la marca del totalitarismo y una atmósfera totalitaria se puede generar incluso en una sociedad que conserva los atributos de la democracia. Apelar al derecho de los ciudadanos a desobedecer leyes injustas y el deber de desobedecer leyes peligrosas es la esencia misma de la democracia.

En todas partes, los ciudadanos se dejan engañar por políticos
corruptos, encuestadoras tramposas y medios de comunicación vendidos.
La creencia en la omnipotencia y omnisciencia de las instituciones
oficiales siempre fue el fundamento de la dominación, como bien sugirió Etienne de la Boétie hace casi quinientos años1.

Hoy, este mecanismo se encuentra implementado por el uso masivo de
la desinformación. Descubrimiento de los regimenes totalitarios, la
desinformación es mucho más que el engaño: es el uso alterno de la
verdad y de la mentira al servicio de la sociedad dominante2.

Acontecimientos recientes en México y en el mundo comprueban, sin
embargo, que el mecanismo puede fallar. Cuando, por ejemplo, los dueños
del poder se vuelven demasiado voraces perjudican sus propios intereses
y provocan reacciones imprevistas.

También sucede que las clases subordinadas se cuestionan a sí mismas
y, de repente, se muestran dispuestas a emprender una actividad
política autónoma. De un día para otro, quienes suelen obedecer con
agrado y devoción ya no creen en las instituciones establecidas y
perciben no sólo la nocividad de los poderosos, sino también la
insensatez de someterse.

El fenómeno es universal. Puede variar el grado de corrupción del
poder, el temperamento más o menos dócil del pueblo, su historia,
ubicación geográfica y capacidad de comunicación, pero, tarde o
temprano, llega el momento en que los seres humanos dejan de obedecer.
Todo lo que antes se consideraba normal se vuelve entonces absurdo, lo
imposible posible y lo deseable indeseable.

Inversión de perspectiva

Frente a una asombrosa multiplicación de conflictos sociales, la
pregunta es: ¿ha llegado ese momento en México? Aunque la percepción es
que vivimos un parte agua, ahora mismo nadie tiene respuestas certeras.
Un sobresalto de dignidad sacude al país y la fecundidad de lo
imprevisto rebasa, con mucho, la capacidad de análisis de los expertos.

En Oaxaca, desde hace meses, existe un abierto enfrentamiento entre
dos poderes, el de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO)
integrada por maestros disidentes, trabajadores de la ciudad y el
campo, y organizaciones democráticas y el oficial. Originada en la
capital del estado, la rebelión se ha extendido a decenas de
comunidades indígenas de la sierra y del istmo. Además de transparencia
y rendición de cuentas, los insurgentes oaxaqueños exigen autonomía y
democracia participativa3.

En el Distrito Federal, millones de personas se han volcado a las
calles en repudio al fraude electoral. La soberbia del gobierno, la
codicia de los empresarios, la descarada actuación de los medios de
comunicación, los abusos del IFE y la corrupción de la magistratura
¿quién cree en los jueces después del vergonzoso fallo a favor de la
usurpación?, desembocaron en la crisis más profunda que sufre el país
desde 1994. Una crisis que no es únicamente política, sino también
social e institucional. Sin que nadie lo previera, el proceso electoral
se convirtió en el detonador de un movimiento social de naturaleza
masiva que lo mismo puede resultar efímero que consolidarse y cambiar
la naturaleza de la política mexicana en los próximos años4.

En esta situación muy compleja, los viejos marcos teóricos no
aplican. Resulta obsoleta, por ejemplo, la disyuntiva entre reforma y
revolución. El movimiento de resistencia civil pacífica no se expresa
en una ideología, sino en una actitud colectiva de rechazo ante las
injusticias sufridas. Al mismo tiempo, si crece, puede cuajar en un
poderoso impulso para lograr una transformación radical de la sociedad5.

Las paradojas están a la vista. Una izquierda desacreditada y
acostumbrada a todos los compromisos -hasta los más vergonzosos- se
encuentra a la cabeza de un poderoso movimiento social que puede
convertirse en la vía maestra para la recomposición de la lucha
anticapitalista en México. Personajes siniestros que impulsaron la
contrainsurgencia en Chiapas, votaron la contrarreforma a la ley
indígena y, más recientemente, la obscena ley Televisa, ahora promueven
la Convención Nacional Democrática (celebrada el 16 de septiembre de
2006), iniciativa que retoma el proyecto neozapatista de 1994 y muchas
de las actuales propuestas de la Otra Campaña (por ejemplo, la de hacer
una nueva Constitución).

Por otro lado, los zapatistas que -con mucha razón- buscan nuevas
formas de hacer política muestran un incomprensible desdén por los
andares de la «señora sociedad civil». Tiene razón Edgar Sánchez cuando
señala que no basta con decir que el fraude es inmoral, pero no
participar en la lucha contra la usurpación6.
Criticar -acertadamente- a la democracia representativa no implica
aceptar que sea remplazada por una nueva forma del Estado autoritario.

Lo cierto es que las dos campañas, la oficial y la Otra, quedaron
atrás. A partir del 5 de septiembre, día en que Felipe Calderón fue
tramposamente proclamado presidente electo, este ya no es un conflicto
poselectoral. Se perfila un enfrentamiento de gran envergadura entre
una izquierda social amplia -que de ninguna manera se reduce al PRD- y
una derecha depredadora, aliada con el gran capital, los poderes
mediáticos y los sectores más reaccionarios de la iglesia.

Producto de las sedimentaciones, los agravios y las enseñanzas de
los años pasados, el movimiento que surgió no es propiedad privada de
nadie. En la medida en que desconoce el poder oficial y plantea la
necesidad de renovar y transformar las instituciones existentes, el
programa en cinco puntos presentado por Andrés Manuel López Obrador
merece ser sostenido7.

Es urgente encontrar mecanismos que favorezcan la incorporación de
los compañeros de la Otra Campaña y del EZLN. No hay razones de peso
para que no se sumen a la lucha: los agravios de que fueron objeto son
reales, pero no son responsabilidad de los que -también "abajo y a la
izquierda"- compartimos gran parte o la totalidad de los anhelos
zapatistas. Radicalizar la agenda del movimiento, depende de la
creatividad de quienes defendemos una opción no partidaria.

Como los zapatistas, muchos percibimos la urgencia de cambiar la
actual forma de gobierno, sostenida en la violencia, la manipulación y
el cálculo. Como los zapatistas, muchos luchamos por una sociedad en
donde las divergencias entre individuos y grupos se resuelvan de una
manera tal que no desemboquen en la destrucción mutua, sino en la mutua
regeneración. Como los zapatistas, muchos queremos un mundo libre de la
tiranía de la ganancia que abra paso a los deseos y pasiones de los
individuos y de las colectividades. Esto implica echar los cimientos de
una organización radicalmente nueva y plural que nos permita retomar el
control sobre nuestras vidas y emprender el camino hacia la autogestión
generalizada8.

México piquetero

Pase lo que pase, el plantón del Centro Histórico dejó en claro que
el movimiento rebasó el ámbito de la indignación estéril. La vida
cotidiana funciona bien en los 47 campamentos ubicados entre el Zócalo
y el periférico. Aun cuando reciben apoyo del gobierno local, éstos
son, en gran parte, autogestionados: las decisiones se toman todos los
días en las asambleas de cada agrupación participante.

Sin que nadie lo esperara, se volvieron a activar las antiguas redes
de solidaridad popular que sesudos sociólogos daban por enterradas. Los
aparatos clientelares de los partidos de la Coalición ejercen presión,
pero no pueden controlar todas las iniciativas populares que se
despliegan en un sinnúmero de actividades independientes en donde
destaca la participación de mujeres, niños y ancianos.

Y es que la imaginación, el arte y la poesía invadieron el corazón
de la ciudad-monstruo. Cientos de actividades culturales que incluyen
conferencias, foros, funciones de teatro, de danza, exposiciones de
pintura, conciertos (desde ska a clásico pasando por todas la
variaciones del rock, blues, música ranchera, danzón y corridos) y una
biblioteca volante son indicios de una explosión de creatividad
popular, además de una recia voluntad de lucha9.

Personas que nunca antes se habían atrevido a tomar la palabra en un
evento público, descubrieron el gusto de la participación y la
comunicación colectiva. Calles antaño infernales se convirtieron en
espacios públicos humanizados, embriones, por así decirlo, de un nuevo
urbanismo. Entre muchas propuestas para mejorar la vida metropolitana,
está la de convertir el centro en zona peatonal, renombrando el Paseo
de la Reforma, Paseo de la Democracia.

Decenas, tal vez, cientos de miles de personas han participado de
una u otra manera en el plantón. ¿Quiénes son? En primer lugar,
integrantes de las clases más pobres, especialmente -aunque no
exclusivamente- urbanas. A esas se añaden, amplios sectores de las
clases medias, pequeños comerciantes, campesinos, indígenas,
intelectuales, artistas y estudiantes. Todos juntos integran un sujeto
político múltiple y diverso que es el protagonista principal del
movimiento. Todos juntos dieron vida a una suerte de ágora cuyo
principal cometido es la libre discusión, es decir la democracia10.

En una de las metrópolis más violentas del mundo, no se han
registrado robos ni agresiones. No se ha pintado una pared, ni se ha
roto un vidrio. El plantón es actualmente la única zona segura de la
ciudad y lejos de impedir la libre circulación de las personas, la
estimula, pues abre la posibilidad de encuentros antes impensables.

A pesar de la desinformación, las noticias se propagan lenta pero
firmemente. Al atardecer, muchos capitalinos acuden al plantón con el
único propósito de admirar las últimas creaciones artísticas, escuchar
y ser escuchados, descubrir amigos viejos y nuevos. Llegan también
personas procedentes de otros estados y es común toparse con visitantes
extranjeros.

La experiencia del plantón indica que México se está ubicando en la misma senda de otros países latinoamericanos11.
El recuerdo de los piqueteros argentinos expulsando a varios
gobernantes es muy fresco y no extraña que el gobierno, la patronal y
los medios de comunicación se sientan amenazados.

Entre el 14 de agosto y el primero de septiembre, militares
pertenecientes a la Sexta Brigada Ligera del Ejército, elementos del
Estado Mayor Presidencial y de la Policía Federal Preventiva, provistos
de toletes, escudos, armas, tanquetas e instrumentos de asalto ocuparon
militarmente las calles aledañas al Palacio Legislativo de San Lázaro,
situado en el extremo opuesto del Centro Histórico. ¿Qué pretendían?
Resguardar a Vicente Fox en el día de su informe presidencial (mismo
que no pudo presentar ante la ruidosa oposición de los diputados del
PRD), pero, sobre todo, lanzar una amenaza.

Y es que, al parecer, los estrategas de la contrainsurgencia
contemplan dos escenarios. El primero es que el movimiento se desgaste
sólo y que la gente opte por desmovilizarse, como sucedió en 1988, en
ocasión de otro fraude descomunal. Si la opción falla, intentarán
llevarnos a escenarios extremos de violencia para mostrar a la nación
la insensatez de toda resistencia.

En esta situación, la mejor opción es generalizar el espíritu
combativo y al mismo tiempo pacífico y propositivo que hemos visto
florecer en el plantón respetando otras experiencias y aplicando la
política de «un no y muchos sí»12.
Al convocar delegados procedentes de toda la república, la Convención
Nacional Democrática nos ofrece una buena oportunidad en el supuesto de
que, como sugiere Pablo González Casanova, "cada vez sean más personas
quienes construyan tanto una política de corto como de largo plazo"13.

La tarea es articular la lucha contra el gobierno usurpador con la
propuesta de un nuevo pacto social, las demandas de los pueblos indios
(y particularmente el derecho a la autonomía), la creación de
instituciones autogestivas y la liberación de los presos políticos (los
de Atenco y de Oaxaca en primer lugar).

Muchas desobediencias

La desobediencia civil (DC) -individual o de masa- tiene una
historia larga y compleja que en las últimas semanas ha sido
tergiversada por críticos en mala fe. Puesto que es nuestro recurso
principal, es útil retomar algunos de sus hitos.

La DC es una práctica que busca debilitar el poder ridiculizándolo.
A mediados del siglo XIX, David Henri Thoreau se preguntó qué hacer
antes leyes injustas: "¿Nos esforzaremos en enmendarlas, obedeciéndolas
mientras tanto? ¿O las transgredimos de una vez?«Y contestó:»Si la
injusticia requiere de tu colaboración, rompe la ley".

Desobediencia Civil es el nombre de su famoso ensayo, mismo que, en
un primer momento, lo había titulado Resistencia al gobierno civil14.
Contrario a la opinión común, los dos conceptos son sinónimos y remiten
a una acción pacífica, pero (casi siempre) ilegal. De hecho, muchos de
los que la practican acaban en la cárcel, el lugar que, según Thoreau,
le corresponde al hombre justo cuando reina la injusticia. Él mismo fue
encarcelado por oponerse a pagar impuestos destinados a financiar la
invasión de México por parte de Estados Unidos.

No es por demás recordarlo, pues hoy las trompetas de la propaganda
oficial vibran al son de la resistencia civil... ¡siempre y cuando sea
compatible con la ley!15
Es obvio, en cambio, que recurre a comportamientos de ruptura con el
orden legal. Esto lo admite, incluso, un filósofo moderado como
Norberto Bobbio, quien añade: "toda la historia del pensamiento
político está escrita ya sea del punto de vista de los que enfatizan el
deber de obedecer o de quienes reivindican el derecho a la resistencia
(o a la revolución)"16.

El problema de la legitimidad, de cómo se conserva el poder, cómo se
pierde y cómo se conquista se encuentra en el fundamento de todas las
teorías políticas. Desde los tiempos de Aristóteles, la lucha contra la
tiranía es legítima por definición, aunque pueda ser considerada
ilegal. Los latinos plantearon, incluso, la idea de que la aplicación
de la ley al pie de la letra puede convertirse en la mayor forma de
injusticia17.

La antigua dicotomía entre obediencia y resistencia, entre poder
constituido y poder constituyente se refleja en muchas constituciones
modernas y, particularmente, en la mexicana que, en su artículo 39,
consigna que "el pueblo tiene, en todo tiempo, el inalienable derecho
de alterar o modificar la forma de su gobierno". En la práctica, sin
embargo, ningún gobierno -y menos el actual- estaría dispuesto a
reconocer la legalidad de ese derecho, mismo que tiene vigencia sólo a
partir de un movimiento social victorioso. Cuando no son celebrados
como próceres, quienes se atreven a la insubordinación suelen ser
encarcelados por traición a la patria.

Otro gran teórico de la DC fue León Tolstoi. Se ha visto en el autor
de Guerra y Paz un sostenedor de la resignación y de la sumisión al
mal, que habría de soportarse con paciencia llamada cristiana. Aunque
arropado en un lenguaje místico, su objetivo era exactamente lo
contrario: la insubordinación y la resistencia al Estado18.
Tolstoi fue un pionero del antimilitarismo y le debemos, además, haber
insistido en dos verdades básicas. Una es la comprensión de la fuerza
de la resistencia como opción individual y conciente. La otra es el
reconocimiento de que el bien, la bondad y la solidaridad están en
nosotros mismos y pueden ser despertados.

Correspondió a Gandhi llevar a la práctica las doctrinas del maestro
ruso, primero en la lucha contra el Apartheid en Sudáfrica y después en
la lucha por la independencia de India. Iniciador de las grandes
manifestaciones de masa, el Mahatma nombró su versión de la DC,
satyagraha o «fuerza de la verdad», porque consideraba insuficiente la
idea de «resistencia pasiva», entonces en boga.

Para Gandhi, la no-violenca (ahimsa) es, fundamentalmente, un
principio activo. Es, además, una excelente "arma de destrucción
masiva" para acabar con la injusticia y construir un poder que no
solamente neutraliza la violencia, sino que apunta al autogobierno
(swaraj), es decir, a la liberación individual y colectiva19.

Mucho tiempo después, el reverendo Martin Luther King sería para
Estados Unidos lo que Gandhi fue para India. Al cabo de una larga lucha
fundamentada en las enseñanzas del Mahatma, en 1965, el movimiento por
los derechos civiles logró imponer la igualdad de derechos para todos
los estadounidenses, sin importar la raza.

Como Tolstoi y Gandhi, Martin Luther King estaba imbuido de un
pensamiento religioso que debemos respetar, pero no necesariamente
compartir. Recordarlo no es ocioso ya que una de las críticas más
comunes al movimiento es su pretendida traición al «espíritu gandhiano».

Desde las columnas de la revista Proceso, Javier Sicilia arremete
persistentemente contra el plantón del Centro Histórico, alegando que
estaríamos quemando etapas al montar "la desobediencia (la obstrucción
de calles) dentro de la etapa de la resistencia civil (la marcha y el
plantón)20. No encontré en las obras de Gandhi esa distinción entre desobediencia y resistencia21
y aun si existiera, la DC -hay que reiterarlo- no es una religión ni
una ideología, sino una expresión flexible y creativa que contempla
modalidades infinitas.

Thoreau predicaba la no-violenca, pero esto no le impidió
solidarizarse con John Brown, quien enfrentó a los esclavistas con las
armas en la mano22.
El propio Gandhi -quien, a diferencia de sus discípulos, era más bien
un pragmático- afirmó que es preferible ser violentos a ser cobardes y
colaboró con los británicos en el aplastamiento de las rebeliones de
los bóers (y también de los zulúes, lo cual es menos encomiable).

Sin menoscabo de la admiración que nos merecen las ideas de Tolstoi,
Gandhi y Martin Luther King, existe una tradición igualmente rica, pero
laica y libertaria, que arranca con las primeras experiencias del
movimiento obrero, pasa por las luchas pacifistas de los años sesenta,
setenta y ochenta para llegar al actual movimiento contra la
globalización neoliberal.

Mientras Gandhi afinaba los principios de la satyagraha, los
anarcosindicalistas franceses desarrollaban la acción directa no
violenta, el Sinn Fein irlandés inventaba el boicot y en Estados
Unidos, el Industrial Workers of the World (IWW, sindicato libertario
del que fue miembro también Ricardo Flores Magón) adoptaba técnicas de
protesta, también pacíficas, que sacudieron a la sociedad
estadounidense. Recordamos, en particular, las manifestaciones contra
la Primera Guerra Mundial, los «sit-in» y los «soap box speeches».
Estos últimos eran formas de protesta en donde, ante la negativa de las
autoridades de permitir una manifestación, los activistas se subían a
una caja de jabón en la calle arengando a los pasantes.

Instrucciones para el uso

La desobediencia civil se construye a partir de situaciones
concretas y se legitima sola. Ante la injusticia, es difícil permanecer
insensibles: no nos hace falta buscar justificaciones en el gandhismo,
el socialismo, el anarquismo, el zapatismo o en cualquier otro «ismo».

Según el Colectivo Antimilitarista de Zaragoza, la DC plantea un
conflicto fundamental: legitimidad frente a legalidad. La legitimidad
de la acción política participativa radicalmente democrática se
contrapone a la injusticia muchas veces encubierta de legalidad. Es una
herramienta política precisamente por su carácter público (trasciende
lo privado y tiene significación social) y pedagógico (se trata de
expresarse colectivamente mediante actos ejemplarizantes, que motivan,
que enseñan, que provocan). A diferencia de otros modos de hacer
política, la DC no busca, imponerse sobre el conjunto de la sociedad,
sino que lanza una interpelación y busca el diálogo23.

Aun así las dificultades son muchas. El arte de generar una
comunidad de acción, de movilizar en nosotros y fuera de nosotros
nuevos recursos portadores de vida y no de muerte requiere mucha finura
y una buena dosis de sentido práctico.

Toda lucha social requiere, además, una reflexión permanente sobre
la relación entre los medios y los fines. El asunto no es escoger entre
violencia y no-violenca ni averiguar cuánto valor tenemos a la hora de
enfrentarnos a la represión, sino hacer lo necesario para acabar con la
injusticia al menor costo posible, es decir, garantizando la seguridad
de todos.

Entendemos -sin compartirlas- las razones de quienes, ante la
cerrazón de los poderosos, optan por la lucha armada, como lo hizo el
EZLN en su momento y hoy lo siguen haciendo las muchas organizaciones
político-militares que operan en el país. Nosotros preferimos la DC
porque nos permite armonizar los medios y los fines.

La tarea de ampliar el movimiento se nos presenta de muchas maneras.
Las manifestaciones multitudinarias, las asambleas plenarias, los
discursos elocuentes son momentos necesarios porque nos permiten
comprobar nuestra fuerza y nuestra capacidad de actuar juntos. Las
transformaciones profundas, sin embargo, no se forjan en esos espacios,
sino en los diferentes ámbitos de la vida cotidiana.

Una vía es impulsar la creación de comités de resistencia civil,
independientes de los partidos y federados entre sí. De preferencia
pequeños (5-15 personas), esos comités se organizan con base
territorial (barrios, colonias, pueblos, estados) y/o gremial
(fábricas, talleres, escuelas) articulando, poco a poco, redes de
colaboración solidaria en donde no hay separación entre dirigentes y
ejecutantes.

La antigua experiencia libertaria de los grupos de afinidad,
integrados por individuos concientes y responsables nos ofrece una
valiosa inspiración: la individualidad es la manifestación unitaria,
particular y específica de una comunidad libre. A diferencia del
militante político tradicional -un sujeto a menudo pasivo y enajenado-
la persona que integra un grupo de afinidad tiene la certeza,
verificada constantemente, que entre su participación y su abstención
sí hay una diferencia.

Estructurados así, los comités de resistencia civil podrán llevar a
cabo una variedad de funciones conforme a las capacidades de sus
integrantes. Esas incluyen un portavoz ante los medios de comunicación,
un catalizador de decisiones rápidas, alguien formado en primeros
auxilios, otro que asista a asambleas mayores, una personas entendida
en asuntos jurídicos, una de apoyo en los arrestos, etcétera24.

Los comités buscarán coordinarse con gobiernos locales, partidos
políticos y organizaciones sociales no hostiles, consiguiendo recursos
económicos y proporcionando ayuda a las regiones dominadas por la
reacción. Empezarán, acto seguido, una gran campaña para cercar los
poderes oficiales que subirá o bajará, según las necesidades.
Organizarán boicoteos contra los empresarios delincuentes, caravanas,
cacerolazos, acciones simbólicas, cortes de carretera y todo lo que la
imaginación colectiva proponga.

Un paso decisivo será la creación de radios y televisiones libres,
así como de agencias de noticias ciudadanas para romper el monopolio
informativo25.
Puesto que difundir la «verdad» no es suficiente, habrá que atacar los
modos de comunicación dominante no para destruirlos, sino para
subvertirlos. Se impulsarán, además, jornadas o semanas de luchas
temáticas: contra la corrupción, la pornografía infantil, la
privatización de la vida pública, la nocividad del capitalismo, el
saqueo de los recursos naturales, el agotamiento del agua, la comida
chatarra, etcétera.

La campaña desembocará en un gran paro cívico nacional organizado en
colaboración con los sindicatos independientes para lograr nuestro
objetivo mínimo: impedir la toma de posesión del usurpador.

1 Etienne de la Boétie, Sobre la servidumbre voluntaria (http://www.sindominio.net/ oxigeno/archivo/servidumbre.htm).

2 Guy Debord, Comentarios sobre la sociedad del espectáculo, Anagrama, Barcelona, 1999, tesis No. XVI.

3
Gustavo Esteva, «Oaxaca: anticipo y amenaza», "Cuando el poder se
desvanece",en La Jornada, 31 de agosto y 11 de septiembre de 2006,
México; Francisco López Bárcenas, «La rebelión de las comunidades», en
La Jornada, 9 de septiembre de 2006, México.

4 Lorenzo Meyer, «Los ríos subterráneos», en Reforma, 17 de agosto de 2006, México.

5 Luís Villoro, «Resistencia», en La Jornada, 5 de agosto de 2006, México.

6 Discurso pronunciado el 21 de agosto de 2006, en el plantón del Centro Histórico.

7 Véase el texto completo en (http://www.amlo.org.mx/noticias/dis...).

8 Las
reflexiones más profundas sobre el alcance de un movimiento autogestivo
siguen siendo las de Raoul Vaneigem, De la huelga salvaje a la
autogestión generalizada (1974)
(http://www.sindominio.net/ash/salva...). Del mismo autor véase
también: Modestes propositions aux grévistes. Pour en finir avec ceux
qui nous empêchent de vivre en escroquant le bien public, Éditions
Verticales, París, 2004.

9 Paco Ignacio Taibo II, «La otra y nueva guerra de Reforma», en La Jornada, 13 de agosto de 2006, México.

10 Sobre
la relación entre democracia y autonomía individual y colectiva, véase:
Cornelius Castoriadis, Una sociedad a la deriva. Entrevistas y debates
(1974-1997), Katz Editores, Buenos Aires, 2006.

11 Guillermo
Almeyra, «La transición de las revoluciones políticas a las sociales»,
serie de cuatro artículos,en La Jornada, 20-27 de agosto y 3-11 de
septiembre de 2006, México.

12 G. Esteva, o. c.

13 Pablo González Casanova, «Esta no es democracia», en La Jornada, 12 de julio de 2006, México.

14 David Henry Thoreau, Desobediencia Civil, en (http://www.sc.ehu.es/ sfwpbiog/acdr/Thoreau/resistencia.htm).

15 Véase,
al respecto, los artículos de Isabel Turrent y Mario Melgar Adalid, en
Reforma, 20 de agosto de 2006, México; y las atinadas críticas de
Mauricio Schoijet, "De la historia y significado de la desobediencia
civil", en La Jornada, 3 de septiembre de 2006, México.

16 Norberto Bobbio, Teoria general de la política, Biblioteca Einaudi, Turín, 1999, p. 199.

17 Gustavo Iruegas, «Summum ius, summa iniuria»,en La Jornada, 11 de agosto de 2006, México.

18 León
Tolstoi, Cristianismo y anarquismo
(http://www.antorcha.net/biblioteca_...
/politica/cristianismo_anarquismo/cristianismo_y_anarquismo.html);
véase también: «El poder, la insumisión»
(http://www.nodo50.org/moc-carabanch...
/tolstoi_insumision.htm).

19 M. Gandhi, Aquí y ahora, Editorial Hastinapura, México, 1982, p. 78.

20 Javier
Sicilia, «Las contradicciones de la resistencia civil»,en Proceso, No.
1552, 30 de julio de 2006, México; y «La resistencia civil extraviada»,
Proceso, No. 1553, 6 de agosto de 2006, México.

21 En
sus dos obras principales sobre el tema -su autobiografía y la historia
de la satyagraha en Sudáfrica- Gandhi ni siquiera emplea el término
«resistencia civil».

22 Henry David Thoreau, «Los últimos días de John Brown» (http://www.antorcha.net/biblioteca_...).

23 Véase
Manual para una revolución noviolenta
(http://www.nodo50.org/moc-carabanch...).

24 Ibid.

25 Véase
la propuesta de crear un «Observatorio Audiovisual Ciudadano»
presentada a la CND por los documentalistas independientes: Cristian
Calónico, Luisa Riley, Margarita Suzán, José Manuel Pintado, Gloria
Ribé y Aline Menassé.

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