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Publicado en En Pie de Paz

Masculinidad, violencia y ejército: Proyecto Silencios

Masculinidad, violencia y ejército: Proyecto Silencios

PROYECTO SILENCIOS (1)

El proyecto Silencis, sobre las violencias paralelas en las fuerzas armadas, fue promovido por la asociación IDS (Informació per a la Defensa dels Soldats) de Barcelona, con la colaboración del Archivio Disarmo de Roma y el Institut Victor Seix de Polemología de Barcelona, en el marco de la Iniciativa Daphne de la Comisión de Justicia e Interior de la Comisión Europea dirigida a combatir la violencia contra niños, jóvenes y mujeres. El proyecto nació de la necesidad de profundizar en el análisis de la violencia que sufren los jóvenes que realizan el servicio militar, analizar los mecanismos legales de protección y denuncia frente a los abusos y la violencia, asistir y apoyar a las víctimas de esta violencia, y formular las propuestas necesarias para su erradicación. Para ello se realizó un estudio sociológico y se analizaron las legislaciones vigentes. Los estudios se hicieron en España y en Italia, lo que permitió comparar las situaciones y estudiar la vinculación de estas violencias con la propia naturaleza de los ejércitos. Fueron llevados a cabo por los departamentos de Sociología y Derecho Penal de la Universidad Autónoma de Barcelona y el Archivio Disarmo de Roma. Recientemente se ha editado un CD Rom que contiene los informes y las conclusiones de Silencis, en catalán, castellano e italiano. Los dos artículos que siguen hacen referencia a este proyecto.

Quiero, en primer lugar, dar las gracias a la Oficina de Informació per a la Defensa dels Soldats (IDS) y al Institut Victor Seix de Polemología, en nombre propio y en nombre del Seminario de Investigación para la Paz de Zaragoza, por haberme dado la oportunidad de conocer y seguir el proyecto Silencios, que hoy se da a conocer aquí. Estoy segura de que los informes elaborados van a ser en el futuro una referencia importante en los foros de debate que, como el nuestro, reúnen una pluralidad de personas e instituciones empeñadas en colaborar en la construcción de una cultura de paz.

En la Investigación para la Paz nos preguntamos constantemente acerca de las raíces que sustentan el ejercicio de la violencia. La complejidad de la cuestión a menudo remite al legado histórico, en cuyo seno se habría desarrollado el entramado cultural y social en el que se mezclan una multiplicidad de factores que, por diversas vías, legitiman y colaboran a su perpetuación.

El informe Silencíos saca a la luz aspectos que, a mi entender, apuntan claves muy importantes para la comprensión de algunos mecanismos de reproducción y legitimación social de la violencia. En su intento de explicar las violencias paralelas que surgen en los cuarteles, y cuya recopilación documental por parte de la IDS está en la base del inicio del proyecto, los investigadores que han elaborado el informe sociológico en España han desestimado que éstas puedan explicarse por el poso residual de otros tiempos (explicación evolutiva) o que se limiten solamente a ser una práctica ritual. De una forma cualitativa, a la vez que pormenorizada, analizan los mecanismos por los que la propia organización militar crea unas relaciones sociales en las que se entrecruzan la violencia oficial y paralela. Según el informe, la violencia oficial se legitima con la idea de que los combatientes han de defender su sociedad, y la violencia paralela que no se limita a las novatadas, sino que está impresa en otros aspectos de la convivencia de los soldados, entre sí y con los mandos , «gracias a una serie de reglas culturales qué los soldados han incorporado antes de entrar en el ejército, y que esta organización ratifica» (2). Es este aspecto precisamente el que me interesa comentar: el de la profunda imbricación que une la organización militar con algunas concepciones sociales que se realimentan. Al respecto es muy gráfica la metáfora que utilizan los investigadores para mostrar la transferencia de flujos de violencia que circulan a través de la organización militar. Ésta actuaría como un «material poroso que incorpora y relanza continuamente las semillas de otras formas de violencia» (p. 17).

Para mí lo valioso de este informe es que trata de llegar a un nivel de explicación profunda, rebasando la mera descripción. Así, trata de indagar el porqué de la adhesión que suscitan los valores militares entre muchos varones a pesar del sufrimiento que éstos les puedan infligir, encontrando que:

La clave reside en el hecho de que la mayor parte de los soldados que declaran adherirse a los valores militares establece una conexión entre el sentido de éstos y su masculinidad. El género masculino del soldado es lo que otorga un sentido a las características militares que incorpora, es, en suma, lo que vincula su vivencia persona¡ con el grupo (corporativo en primer lugar, y nacional en segundo) al que va a pertenecer después del entrenamiento (p. 55).

Llegamos aquí al punto que me interesa destacar, a saber, la interacción o acción de mutua influencia que, siempre según el informe, se establece entre la organización militar y algunos aspectos culturales configuradores de la identidad de los varones. Esta constatación (por la vía cualitativa) es muy importante porque aporta evidencia para la tesis largamente defendida desde el movimiento pacifista de que la institución militar es un entorno de producción y reproducción de actitudes violentas; además establece pistas que permiten reconocer los núcleos que reproducen una forma de comprender la masculinidad y la ligazón de ésta con distintas facetas de la violencia.

Destaca también la afirmación de que "para la mayoría (si no todos) de los entrevistados, el compañerismo es el principal beneficio que se obtiene del servicio militar (p. 57). Un valor que se plasma en la solidaridad de grupo que se crea, forjada en el sufrimiento, y que ha de ponerse de manifiesto en las situaciones de combate. Por una parte, la pertenencia a un grupo, la identificación con una comunidad de referencia, es un puntal básico en la construcción del ser humano, y este aspecto acaba siendo un polo de atracción hacia lo militar que muchas películas y novelas se han encargado de embellecer, y que, en sí, ha de reconocerse como un bien: identificarse con un grupo que actúa en situaciones extremas defendiendo a los demás. Sin embargo, en el contexto militar hay que preguntarse cuáles son las cargas añadidas y a costa de qué se produce esta construcción de los lazos de grupo y del estereotipo masculino que lo acompaña, como emblema protector

Las violencias paralelas son un subproducto del entrenamiento. Éste, se indica, es ritual, y se busca que su puesta en práctica se limite a circunstancias determinadas: «El entrenamiento militar debe enseñar a matar en unas circunstancias especiales, fuera de las cuales la guerra debe cesar, al igual que el tiro, la marcha, las maniobras o el desfile constituyen unas circunstancias especiales donde se pueden manejar las armas, pero éstas deben ser inaccesibles en otros momentos» (p. 39). Pero sucede que no se logra. El «intento de aislar el uso de las armas no acaba de conseguirse. En muchas entrevistas los exsoldados han comentado su afición por usarlas, y su capacidad de maravillarse ante ellas, por su valor intrínseco» (p. 39). «Al pelearse entre sí los soldados recurren a un juego simbólico tan ritual como el de los ejercicios bélicos, puesto que demuestran una gran habilidad para tensar su comportamiento ante cualquier enemigo ficticio. Es análogo el papel de su misoginia y de la homofobia, que adoptan una clasificación extramilitar para defenderse ante una ’intrusión’ o para reforzar una orden. En suma, el ritual de repetir unos comportamientos y remitirlos a un referente lejano da sentido tanto a los simulacros bélicos como a las peleas o el sexismo de los soldados...» (p. 40).

A tenor de las cargas de sufrimiento y violencia que se entremezclan, podríamos decir que en este proceso se paga el precio de estar generando al mismo tiempo el reverso de la moneda del protector, a saber, un agresor en potencia. Un agresor que, pese a la voluntad del entrenamiento para que el ejercicio de la violencia quede limitado a determinadas circunstancias, acaba expresándola en otras circunstancias más cotidianas.

¿Qué otras connotaciones tiene la concepción de lo masculino que arraiga en las formas de violencia que se expresan en la organización militar?

Una concepción de lo masculino, no como diferente de lo femenino, sino como rechazo de lo femenino (ahí están las canciones, los insultos que se usan, las reacciones ante las mujeres oficiales ...), Una concepción en la que ser masculino equivale a dotarse de la capacidad de ejercer violencia, capacidad controlada pero latente, dispuesta a hacerse presente cuando las circunstancias hagan saltar las claves precisas. En momentos de combate, sí, pero también, por ejemplo, ante compañeros que no exhiben o se identifican con el mismo esquema estereotipado masculino, que no se adaptan al grupo, o que el grupo rechaza, que ejercen de espejo rebelde, exhibiendo alguno de esos rasgos que hay que dejar atrás para llegar a formar parte del grupo. Pues la uniformidad es otra de las violencias paralelas que surgen en la construcción de un grupo.

Quisiera poner sobre la mesa otro tipo de violencia que, a la luz de lo destacado por el informe, podría ser íncluida como derivada o interrelacionada también con el entrenamiento militar. Me refiero a la violencia contra las mujeres ejercida por varones cercanos en la vida cotidiana.

En un informe de la Memoria de la Fiscalía del Estado, de septiembre de 1998, Jesús Cardenal aseguraba que el Código Penal no es suficiente para atajar la violencia familiar (El País, 16/08/98, p. 18): «Resulta innegable que los malos tratos en el ámbito doméstico y familiar constituyen una trágica actualidad que, con toda su carga negativa, ha servido al menos para que nazca una conciencia amplia, una sensibilidad antes inexistente en la inmensa mayoría de los ciudadanos, lo cual constituye, a nuestro juicio, el primer paso hacia soluciones de mayor justicia», señalaba la memoria.

¿Acaso no es una concepción de la masculinidad que desvaloriza a la mujer y lo femenino la que está en la base de la «normalidad» y abundancia de las agresiones a las mujeres? En muchos de los casos agudos de esta violencia, que nos ofrecen los medios de comunicación, muchos informantes comentan que el varón que pegaba a su mujer, o el joven que mató a su novia, era un vecino normal y hasta cariñoso. Lo que es coherente con un tipo de «normalidad» que institucionaliza la violencia como modo de resolver los conflictos, construyendo una cultura en la que arraigan los rasgos que ligan la identidad del varón con la propia violencia.

Dentro de este comentario, quisiera ampliar la responsabilidad de este estado de cosas y mirar hacia las raíces de nuestra cultura, en sentido amplio. La tradición del pensamiento occidental ha construido, como dos caras de una misma moneda, el paradigma de la mujer como «alma bella» (3) y el del varón como «guerrero justo», paradigmas contrapuestos que sin embargo se realimentan y se refuerzan mutuamente. El binomio mujer pacífica/hombre violento puede incluirse entre las dicotomías que subyacen a una construcción social global de los estereotipos de mujer y hombre. Masculino femenino, mente cuerpo, cultura naturaleza, guerra paz, fuera dentro, visible-invisible.... son algunos de los pares que el sistema de valores imperante establece y Jerarquiza, inclinando persistentemente el poder hacia uno de los polos. La línea justificadora del binomio mujer pacífica/hombre violento puede rastrearse a lo largo de la historia del pensamiento, en donde vemos su solapamiento con el proceso de naturalización de los sexos.

La naturalízación, o las explicaciones que tienden a identificar el orden social, o un estado de cosas, con el orden natural, ha sido un método de legitimación social utilizado en todas las épocas. La naturalización de los sexos en las atribuciones estereotipadas de genero , que proporciona legitimación a la desigualdad construida sobre una diferencia, y la naturalización de la violencia, que sustenta el uso persistente e institucional del recurso a la fuerza, son dos ejemplos que actúan como las dos caras de una misma moneda. Como todo sistema que ligue el comportamiento humano a un esquema fijo, no elegido, ya sea de manera simbólica, ya de manera práctica, la naturalización va en detrimento de la libertad y por ende del cambio individual y social.

Consideremos la ligazón mujeres paz. Dentro de nuestro acervo simbólico se da una constante identificación de las mujeres con la paz y de los varones con la guerra y la violencia en general. La experiencia de la maternidad para una mayoría de mujeres y su exclusión de los aparatos de poder y coerción responsables y ejecutores de la violencia organizada el ejército , además de las cifras estadísticas sobre la responsabilidad de la mayor parte de las acciones violentas, proporcionan una base para esta identificación. La idea de que las mujeres, por el hecho de ser capaces de dar la vida, son más pacíficas que los hombres, que ser madre y combatiente es una contradicción en los términos, (4) se mantiene de un modo persistente pese a que un somero repaso histórico nos muestra que las mujeres no han sido ajenas al fenómeno bélico: también han participado en las guerras, también las han justificado y, sobre todo, han alentado a los hombres a participar en ellas. Lo que muestra que la asociación simbólica mencionada ha de estar anclada en profundas raíces, en las que seguramente se mezclan concepciones filosóficas, religiosas y científicas. Y a tenor del informe, también el ejército como institución está colaborando en el mantenimiento de esta asociación.

Del proceso de naturalizar a los sexos no se libraron los predecesores ilustrados, aunque el nuevo paradigma de igualdad y libertad que nacía con ellos, así como su correlato político, la dernocracia, llevaba necesariamente al cuestionamiento de la sociedad patriarcal tradicional. No va a ser así, y la mayoría de los partidarios de un universalismo que rompa con los privilegios anteriores va a seguir recreando la exclusión del sexo. Ni Rousseau, que será uno de los teóricos del paradigma igualitarista y universalista surgido en el XVIII y a cuyas conceptualizaciones debemos parte de lo que entendemos por orden político, ni Kant, que coloca en el centro la libertad de la que se derivará una igualdad ante la ley jurídica y formal garante de la libertad de todos, harán extensiva la igualdad a las mujeres. Para Rousseau,

Al igual que las sociedades animales permanecen en el orden de la naturaleza, en la esfera de los seres humanos hay rasgos y comportamientos que pertenecen al orden de la naturaleza, luego no deben ser tocados ni cambiados. Son prepolíticos. Lo más relevante en las sociedades humanas que pertenece sin embargo al orden natural es la distinción entre varones y mujeres. No es una mera distinción física ni biológica. Marca lo que deben hacer unos y otras y en qué sentido sus esferas del mundo están separadas. Las mujeres son la parte de la naturaleza que está introducida en la vida espiritual (que es la política), y deben ser a ella reconducidas si intentan salirse. Porque si se salen se producirá un desorden generalizado en lo político. (5)

Precisamente, la apelación a este teórico de la igualdad pero mantenedor de la distinción entre un orden político y un orden natural al que las mujeres pertenecen y del que no deben salir llevó a Mary Wollstonecraft a escribir la obra fundacional del feminismo, Vindicación de los derechos de la mujer.

Podemos interpretar que, sin decirlo, y en un sentido opuesto en cuanto a las relaciones de poder, este autor también naturaliza a los varones cuando considera que, debido a su cuerpo, son ellos los únicos que pueden hacer el servicio de armas y, de ahí, ser auténticos ciudadanos. La diferencia es que esta característica natural, su sexo varón que lo liga a la fuerza bruta, aun siendo una naturalización implícita, es definida como fundamento de la política, y por tanto le concede una posición de poder que niega a las mujeres. Así, el ciudadano es varón, por naturaleza, y la mujer madre del mismo modo. El ciudadano, el concepto de ciudadanía, nace así naturalmente varón y en el marco de una revolución (francesa) violenta, es decir, por la fuerza de las armas. Servicio de armas y ciudadanía quedan ligados en el legado ilustrado.

La naturalización de las mujeres se acompañó con su asociación a un conjunto de valores y tareas, tomados por menores desde el punto de vista del poder masculino, entre ellos el valor de la paz (pero también la afectividad, la maternidad, etc.). En razón de su sexo, las mujeres fueron excluidas del servicio de armas, excluidas de la ciudadanía y de los espacios públicos y relegadas al papel de madres en un sistema que concedía y concede más valor a arriesgar la vida y sobre todo al poder de quitarla, que al mismo hecho de darla. La asociación de las mujeres con la paz fue construida, pues, en interrelación con su relegamiento social.

Tenemos que un mismo rasgo, en su dimorfismo, conduce al desempeño de la fuerza que es la política o a la maternidad, que ni es política ni es independiente sino que está al servicio de aquélla. Pues para Rousseau existe una ligazón subordinada entre lo natural y lo político. Las madres son también una figura central en su planteamiento cívico, no como ciudadanas, sino como madres de futuros ciudadanos y de futuras madres de ciudadanos. Su modelo es la madre espartana que, habiendo enviado cinco hijos a la guerra, está esperando noticias de la batalla. Llega un mensajero y ella le pregunta cómo fue. «Todos tus hijos murieron», es la respuesta. «No pregunto esto, sino quién ganó». Tras saber que la victoria fue para los suyos, la madre da gracias al cielo. Ésta es la madre ciudadana de Rousseau, la que alimenta con su leche (natural) el amor del ciudadano por la patria (política). El hijo que no ama a la madre, el ciudadano que no ama la patria, merece igualmente castigo.

Significativamente, los discursos a favor de una igualdad no excluyente que se generan en la misma época o en el precedente inmedíato, fueron relegados al olvido y sólo en los últimos años han sido revalorizados por las investigadoras feministas. (6) Entre éstos hay que destacar la obra del francés François Poulain de la Barre (7), quien ya en 1673, en lo que constituye uno de los referentes más coherentes de la lucha contra el prejuicio, defendió la igualdad de los dos sexos basándose en que los seres humanos lo son en la medida en que son criaturas racionales. Aplicando el racionalismo cartesiano, Poulain afirmará que «la mente no tiene sexo». Un siglo más tarde, otras figuras seguirán en la línea de Poulain, radicalizando los principios de la Ilustración. En 1790, Condorcet defiende la igualdad de las mujeres en el plano educativo y político; en 1791, Olympe de Gouges escribe la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana y Mary Wollstonecraft su obra citada. La suerte de esta tradición queda reflejada en la que corrió Olympe de Gouges, guillotinada por reclamar para las mujeres la libertad, igualdad y fraternidad proclamadas por los revolucionarios franceses.

No obstante, el feminismo no renuncia a las ideas igualitarias de la Ilustración, más bien nace exigiendo coherencia a esas mismas ideas, una coherencia que pasa por la deconstrucción o disolución de la diferencia entre un orden natural y un orden político, es decir, que pasa por la crítica a la naturalización. Esta crítica, en la línea de avance hacia una cultura de paz, ha de incluir también a los varones, pues, parafraseando a Simone de Beauvoir, tampoco el varón nace sino que se hace.

Las mujeres llevamos tiempo rechazando la naturalización que se ha hecho de nuestro ser, y que históricamente reducía nuestro desarrollo a ocupar determinados espacios domésticos y al ejercicio de determinadas tareas, sobre la base de nuestro sexo diferente y de la capacidad de dar la vida que éste posee. Una crítica y un rechazo que no deben confundirse con el relegamiento social y el olvido de la actividad de las mujeres en la historia, que Elena Grau y Anna Bosch, en la revista En Pie de Paz, denominaron «tarea civilizatoria», pues se trata fundamentalmente de trabajo y actitudes de sostenimiento de la vida. (8) Pues bien, esta tarea civilizatoria puede y debe ser responsabilidad de hombres y mujeres. Avanzar hacia esta meta conlleva el cuestionamiento de que, «por naturaleza», corresponda a las mujeres y de que, en contraposición, los varones, también «por naturaleza», sean los encargados de la defensa, la agresión y las tareas de competición.

En conclusión, la transparencia y profundidad de este informe enriquece el debate social sobre qué tipo de sociedad deseamos y qué modelo de hombres y mujeres ofrecer como claves de identificación. Y lo hace indagando fuera de la retórica, en la raíz institucional y en las motivaciones de quienes se adhieren a los valores militares. La proclamación, en las escuelas y en los libros de, texto, del valor de la convivencia pacífica pasa a ser retórica si se siguen, a la vez, realimentando esquemas de identidad en los que la capacidad de agredir es un rasgo a conseguir, una característica de identificación. A este tipo de contradicción estamos sometiendo constantemente a nuestros adolescentes en su socialización.

Una reflexión final es la constatación, no obstante, de que el modelo de identidad ligado al ejercicio de la violencia, para los varones, está en crisis, o cuando menos está siendo puesto en entredicho. No sólo de manera personal e individual por parte de muchos varones, también institucional mente. Por una parte, el cambio de las mujeres empuja en la práctica a que los varones cambien también. Por otra, los propios varones, como vemos a través de la situación que da origen a este informe, sufren las contradicciones derivadas de las exigencias de este modelo tradicional. El cambio institucional puede verse en que por primera vez se lanza una «Ley para la conciliación de la vida familiar» y en un tablón publicitario se expone la figura de un varón dando el biberón a un niño. Un nuevo modelo, que llega mucho más tarde que la propia práctica de compartir la crianza, algo habitual entre muchos padres jóvenes. Pero que necesita este refrendo público e institucional para generalizarse, «normalizarse» y servir de referencia.

Al igual que hay una pluralidad de modelos de identificación para las mujeres, empieza a haber una competencia de modelos para el ejercicio de la masculinidad. Esa pluralidad puede proporcionar libertad y colaborar a eliminar el sufrimiento. Las conclusiones de este informe apuntan críticas a la organización militar que han de ser tenidas en cuenta si se persigue el avance hacia la eliminación, no sólo del sufrimiento de los soldados, sino también de los altos grados de violencia que corroen nuestra sociedad.

Carmen Magallón Portolés es miembro del colectivo En Pie de Paz y del Seminario de Investigación para la Paz de Zaragoza.

Notas

1. Texto leído por la autora, miembro del Comité de Evaluación del proyecto Silencis en la jornada de presentación del mismo, llevada a cabo en Barcelona el 29 de noviembre de 1999, en la que participan también Gemma Calvet, Xavier Rambla, Montserrat Mora, Fabrizio Battistelli, Salvador Giner, Carlo Marletti, Joan Gomis, Mercedes García Aran, Joan Baucelis, José Luis Gordillo, August Matamala, Jordi Sala y Tomás Gisbert.

2. J. Adelantado, X. Rambla, I. González y M. Mora, Silencios. Las violencias paralelas en las Fuerzas Armadas. Infome realizado paraa Oficina de Informació per a la Defensa dels Soldats, copia mecanografiada, p. 28. Las referencias marcadas en el texto por el número de página corresponden a este ejemplar.

3. Jean Elsintain toma de Hegel en la Fenomenología del Espíritu el concepto para caracterizar esta asociación mítica. Según Eishtain, "Hegel caracteriza el ’alma bella’ por un modo de conciencia que le permite (a él o a ella) proteger Ia apariencia de pureza por medio del cultivo de la inocencia acerca del curso de los acontecimientos históricos del mundo. Cf. Jean B. Elshtain, Women and War, Chicago, The University of Chicago Press, 1995, p. 4.

4. Para un desarrollo más amplio véase C. Magalión, «Hombres y Mujeres: el sistema sexo género y sus implicaciones para la paz», en Seminario de investigación para la paz (ed.), El Magreb y una nueva cultura de la paz, Zaragoza, Diputación General de Aragón, 1993, pp. 334 350.

S. A. Valcárcel, La política de las mujeres, Madrid, Cátedra, 1997 p. 58 (Colección Feminismos, 38).

6. En esta línea se insertan, entre otros, autores como Condorcet, Theodor von Hippel y Mary Wolistonecraft.

7. François Poulain de la Barre, De l’égalité des deux sexes (1673), en Corpus des Deuvres de Philosophie en Langue Française, Paris, Fayard, 1984.

8. A. Bosch y E. Grau, ’, Construyendo un mundo común. La tarea civilizatoria de las muj . eres", En Pie de Paz, 45 (1997), pp.45 48.

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