casco insumissia fusil roto
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Ensayo Literario

Crónica de un reclutamiento

Crónica de un reclutamiento

Texto creado en los talleres literarios promovidos por la revista Perspectiva Antimilitarista de Medellín
Mayo del 2009

Noche Larga....

El camión llego a las dos de la madrugada, junto a el viajaron otros cinco jóvenes de su comunidad, a todos ellos los había conocido en la reconstrucción de la Comunidad de Paz de San Josecito, unos meses después de que los campesinos abandonaran el resguardo principal por temor a perder sus vidas en las confrontaciones armadas del ejército y la guerrilla en su territorio. ¡ A bajarse hijueputas! grito uno de los soldados que viajó con ellos en la cabina del camión, mientras abría con prisa las portezuelas de la jaula. Jose Luis, aturdido y cansado por el viaje se levanto lentamente, dio tres pasos hasta la salida del camión, salto desde la portezuela y toco tierra. ¡ Llegamos al batallón de Puerto Triunfo! – susurro uno de sus amigos de la comunidad -.

Tres militares acompañaban a los seis jóvenes que a las cinco de la tarde del día anterior habían sido retenidos contra su voluntad por soldados de la división décimo séptima del ejército, y enviados de inmediato al batallón de puerto triunfo por no portar libreta militar. Todo ocurrió en un operativo que normalmente las fuerzas militares denominan “batida”, en zona rural de San Josecito, un humilde resguardo de campesinos que desde hace 10 años lucha por la defensa de la soberanía de sus tierras y el respeto a su postura de rechazo de los grupos armados en sus territorios.

En medio de su cansancio, Jose Luis contemplo los alrededores del batallón y se halló en un territorio desconocido. Las instalaciones eran resguardadas por un cerco de pinos gigantesco, y del otro lado de la reja se extendía un espeso bosque. Un guardia apareció de la nada, encendió la farola del pabellón de ingreso al batallón, y giro la reja mientras le decía a los soldados que se dieran prisa con el ingreso de la nueva mercancía. El guardia que abrió la reja, guiaba la caravana de futuros combatientes, orientándoles el camino con una linterna. Caminaron tres minutos y llegaron a una cabaña de madera, la puerta ya estaba abierta. ¡Bienvenidos a su nuevo hogar maricones!- dijo el guardia en un tono burlón. Los jóvenes entraron, no se dieron cuenta a donde se habían ido los tres soldados que les habían custodiado en todo el viaje. El guardia abrió un baúl que se hallaba en un rincón de la habitación, saco seis mantas y las arrojó a uno de los catres, no había nadie en la cabaña. ¡En tres horas van a comenzar a comportarse como hombres, campesinos revoltosos de mierda! dijo el militar mientras salía de la habitación.

Dos ventiladores aireaban el lugar, hacía un calor infernal, el espacio estaba acondicionado para albergar a unos treinta militares. Jose Luis tomo una manta, la envolvió para improvisar una almohada y eligió uno de los catres para acomodarla, sus cinco compañeros de esa noche larga que vivían y que aún no terminaba ya se habían acomodado en otros catres, todos muy distantes, en extremos opuestos de la habitación, como si no quisieran mirarse, ni hablar de lo que ocurría, como si no tuvieran deseos de darse ánimo y encontrar consuelo mutuo en medio de aquella desgracia que ahora compartían. Cansado y afligido Jose Luis se tendió en el catre, puso las manos debajo de su cabeza y fijo su mirada en el techo de la habitación, uno de los ventiladores giraba velozmente justo arriba de su catre. Jose Luís concentró su atención en el girar y girar del ventilador mientras el aire que sentía le producía una transitoria sensación de frescura en medio de tanto cansancio e incertidumbre. Como en una especie de terapia de hipnosis regresiva, siguiendo el movimiento circular del ventilador, el muchacho fue cerrando lentamente sus ojos para regresar con los pensamientos a su comunidad. Recordó sus días de jornal, cultivando hortalizas en el huerto de su casa, compartiendo con su madre, su abuela y sus hermanos los alimentos heredados de la tierra.

Revivía en su memoria momentos amargos que vivió en el resguardo de San Josecito. Recordó aquella noche en que los militares ingresaron a su resguardo, irrumpieron en la casa de don Eladio, - un reconocido líder de la Comunidad – se lo llevaron rumbo a las montañas junto con su esposa y sus dos hijos, dos niños de tres y cinco años. Durante veinte días campesinos de la comunidad exploraron la espesura de las montañas buscándolos, y una lluviosa mañana del 4 de febrero del año 2004 encontraron los restos de don Eladio y su familia desmembrados en lo alto de la montaña.

Jose Luis fue educado en una tradición arraigada de resistencia pacífica, heredada de sus ancestros y cultivada con ejemplos cotidianos en su comunidad, se sentía de nuevo asfixiado por la desesperación. Arrebatado del lecho de su hogar por los militares hace tan solo unas horas, ahora estaba a merced de una doctrina que repudió desde niño, se sentía solo y agobiado en aquella cabaña. Se aproximaba el alba y el sonido de un coro de grillos se filtraba por las rendijas de las ventanas, el calor se había apaciguado un poco, Jose Luis, - aunque se encontraba extremadamente cansado – no podía conciliar el sueño. Pensaba en las humillaciones que traería el nuevo día, rodeado de militares que querían doblegarlo e intimidarlo, eran tantas las historias de atrocidades cometidas por ejércitos estatales y de la guerrilla en su comunidad, que aunque tratara sería imposible para el hacerse una imagen positiva de los militares, mucho menos concebir que lo trataran con respeto. Sabía que aunque el se doblegara y se portara sumiso, -y aún teniendo la certeza de que sus convicciones tenían raíces tan profundas como los árboles de su tierra -, que el peso de la doctrina que ahora enfrentaría era tan enorme, que tarde o temprano quebrantaría su personalidad, sus imperativos de conciencia y sus creencias morales. En ese batallón se sentía como una indefensa liebre próxima a ser devorada por una manada de buitres hambrientos. Recordaba las sabias frases que arrojaba su abuela cuando se refería a los militares: ¡ Los militares jamás sacian su sed de obediencia y su hambre de poder!.

Apartó su mirada del ventilador, se envolvió la manta en su espalda y recorrió la habitación, sus compañeros de infortunio dormían, hecho un vistazo por la ventana y contemplo las primeras luces del alba anunciando un nuevo día. Al costado izquierdo del portón por el que habían ingresado al batallón, Jose Luis pudo ver a un militar que hacía guardia en una de las empalizadas de vigilancia, no pudo evitar imaginarse en un par de meses ocupando el lugar de aquel soldado en el puesto de control. La proyección mental de su futuro trajo consigo una sensación de pánico que le fue difícil contener. Dos minutos después respiro profundo y recupero la compostura. ¡Debo afrontar esta situación con valor y dignidad, pase lo que pase no sucumbiré ante mi desgracia, no obedeceré orden alguna, me quedare inmóvil como una roca, haré caso omiso de insultos, humillaciones, y golpizas, resistiré con paciencia y firmeza la presión física, sicológica y verbal que sobre mí vida intenten ejercer los militares, justo como mi comunidad me lo a inculcado!. Dijo para sus adentros el joven Jorge Luis. Pensar en su comunidad lo lleno de fortaleza, imaginaba que de seguro su comunidad ya estaba desarrollando alguna manifestación pública para denunciar la situación y presionar a los altos militares para que el y sus cinco compañeros de la comunidad fueran liberados.

Jose Luis regreso a su catre, en medio de la incertidumbre sus más profundas convicciones lo alentaron a afrontar con valor y dignidad la incierta situación que se presentaría al comenzar el día. Se tendió de nuevo sobre el catre y se dejó vencer por el cansancio hasta quedarse dormido. Treinta minutos después una imponente vos de mando irrumpió en la habitación para cortar el sueño de los nuevos reclutas: ¡ A levantarse hijueputas que desde ahora van a aprender a ser hombres!, un nuevo día había comenzado.

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