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Enfrentando la represión contra los movimientos sociales (Howard Clark)

El Fusil Roto (Internacional de Resistentes a la Guerra) No 94

Sección:Noviolencia
Martes 8 de enero de 2013 0 comentario(s) 1928 visita(s)

El miedo es algo con lo que tiene que vérselas todo movimiento social, ya sea en situaciones de intensa represión o en sociedades relativamente abiertas. Hablando del miedo durante la dictadura de Pinochet, el analista social chileno Manuel Antonio Garretón1 hacía referencia a dos arquetipos del miedo infantil: el temor al perro que muerde y el miedo a la habitación a oscuras. Uno representa una amenaza concreta que podemos ver, evaluar y calcular cómo enfrentarnos a ella, y el otro, la amenaza más general de lo desconocido, una habitación oscura en la que algo malo puede estar acechando. En una dictadura o bajo un estado de ocupación, la presencia del miedo es palpable y, sin embargo, siempre hay episodios en los que la gente, de alguna forma, vence el miedo y entra en acción. En sociedades relativamente abiertas, los miedos pueden no ser tan evidentes, pero están ahí, constituyendo algún tipo de factor para mantener la obediencia y la conformidad, para inhibir a la gente de cuestionar la autoridad o, a veces, simplemente de ser quiénes queremos ser.

Con la ayuda de las personas que nos quieren, en general podemos superar los arquetípicos miedos infantiles, ya sea porque esas personas están a nuestro lado o nos ayudan a saber qué hacer. Con la acción social, sucede más o menos lo mismo: ya sea a través de la colaboración y la solidaridad o preparándonos cada uno personalmente, la gente que participa en los movimientos sociales supera las barreras a la acción. Cuando tenemos la motivación y creemos que estamos haciendo lo correcto, encontramos la forma de poner al miedo en su sitio. Y no lo hacemos tan sólo una vez en la vida, sino de forma reiterada en las situaciones más diversas y frente a un amplio abanico de amenazas. Vemos el ejemplo de otros y aprendemos de él. Sentimos un entusiasmo, una esperanza o una desesperación que «destierra el miedo». Hallamos algunos escudos -y a veces nosotros mismos servimos de escudo-, un poco de protección, acudiendo juntos a las protestas, asegurándonos de que habrá testigos de nuestras acciones. Mantenemos «lugares seguros», algún rincón en el que refugiarnos y reponer fuerzas. Nos las arreglamos para volver la amenaza contra aquellos que la instigan: "ponemos nombre” a la violencia, dejamos constancia de la represión y le damos difusión pública para socavar la legitimidad de los responsables de la misma.

Digo «nosotros» porque todo activista –incluso aquél cuya integridad física no está en peligro– sufre momentos de miedo y momentos en los que tiene que evaluar los riesgos. Y digo «nosotros» porque, tal como afirmaba Barbara Deming, escuchando las experiencias de los demás, actuando con solidaridad y cumpliendo nuestra parte en denunciar la violencia y la brutalidad, «todos formamos parte de todos».

La represión por sí sola es débil

Si examinamos el miedo desde el punto de vista de aquellos que ostentan el poder, vemos que nadie puede gobernar indefinidamente recurriendo tan sólo al miedo. Incluso las dictaduras o las ocupaciones se asientan en algo más que la pura represión, necesitan fuentes de apoyo, interno o externo. Estos días, los palestinos no sólo están resistiéndose a la violencia de la ocupación, colonización y expansión israelíes, sino también a los esfuerzos de aquellos que, desde su percepción, intentan «normalizar» la situación, o sea, maquillar las criminales acciones israelíes con una máscara de «normalidad». La dictadura de Pinochet en Chile devino tristemente famosa por su implacable empeño en erradicar todo tipo de oposición organizada. Este reino del terror sentaba las bases para la siguiente fase: la represión y la tortura continuarían, ni que fuera bajo una fachada de «normalización» en la que la prosperidad capitalista se presentaría como uno de los beneficios de un «movimiento fuerte». Esta «normalización» traía consigo el ceder un cierto espacio social en el que la gente podía organizarse, lo que a su vez entrañaba para el régimen el riesgo de que emergieran nuevas formas de oposición.

La dictadura de Pinochet fue uno de los más de 20 regímenes autoritarios que fueron derrocados desde 1979 por movimientos, por lo general inermes, de «poder popular».2 Estos episodios han sido estudiados no sólo por investigadores interesados en la resistencia civil, sino también por los líderes autoritarios que persisten en su intento. Se han dado cuenta de que la represión de Estado manifiesta es un cuchillo de doble filo. Quieren que se vea como una señal de fuerza, que intimida a los oponentes y especialmente a los oponentes potenciales. Sin embargo, también demuestra flaqueza, en particular la impotencia del régimen para convencer a la población de que asuma las restricciones. Las medidas más drásticas de la represión estatal contra los manifestantes inermes –masacres, asesinatos, tortura– a menudo resultan ser contraproducentes. Esto no se da de forma automática, sino que por lo general exige acciones del movimiento para activar nuevos sectores y nuevas formas de oposición. A menudo esto lleva tiempo y requiere la persistencia del movimiento. El resultado final, sin embargo, suele ser que la violencia del régimen contra los oponentes inermes socava la propia legitimidad del régimen.

La cara cambiante de la represión

En la mayor parte del mundo, los días de cruda dictadura militar se han acabado. En América Latina, pareció que el golpe de estado de 2009 en Honduras hacía retroceder el reloj, pero en claro contraste con éste, el «golpe parlamentario» del pasado mes de junio en Paraguay mantuvo su fachada de legalidad: la derecha autoritaria tradicional reconquistó el poder por medio de argucias constitucionales, sin recurrir abiertamente a la intervención militar directa.

La Rusia de Putin se ha utilizado como ejemplo de cómo los lideres autoritarios se han vuelto más astutos en su gestión de la disidencia. El estrepitoso fracaso electoral de la oposición –tanto a nivel nacional como provincial– puso de manifiesto el éxito de las estrategias tecnocráticas para «gestionar la democracia» y fortalecer los centros de poder de los que depende el régimen. La represión y la intimidación persisten –sobre todo la combinación de asesinatos de periodistas de investigación con la presión indirecta sobre los medios de comunicación–, aunque de una forma más selectiva y con nuevos espacios «contenidos» para las ONG que cuentan con el beneplácito del gobierno. No está claro de qué manera se inscriben en este contexto las drásticas medidas de opresión actuales; tal vez se trate simplemente de una cuestión de oportunidad y oportunismo, arremetiendo contra la oposición en un momento en que ésta se encuentra debilitada y aplicando un castigo ejemplar a las Pussy Riot, un grupo de música punk feminista que no cuenta con el favor de la mayoría de la población.

En sociedades con una tradición más dilatada de democracia representativa, los modelos de represión también han ido cambiando. Desde la proclamación de la «guerra contra el terrorismo», se ejerce menos lo que antiguamente se denominaba «tolerancia represiva». Muchos movimientos se quejan de la «criminalización de la protesta». Y es que a menudo la policía tiene órdenes de cargar contra los manifestantes simplemente por salir a la calle, utilizando aerosoles de pimienta y la táctica de control de multitudes llamada «embudo», que recientemente ha sido declarada legal por el Tribunal de Justicia Europeo.3 Mientras tanto, en las manifestaciones contra la «austeridad» en Grecia y España (donde yo vivo), parece que la policía antidisturbios tiene licencia para usar la violencia con más libertad que nunca desde los tiempos de las dictaduras. Las actividades de «infiltrados» y las provocaciones de los agentes plantean otros problemas a los movimientos sociales.

¿Podemos ver este tipo de represión como una señal de debilidad? Yo creo que sí, a pesar de los otros elementos presentes en la estrategia para inculcar una cultura de miedo y sumisión (elementos como las absurdas «medidas de seguridad»). En algunos países ya hay policías que se quejan de estar siendo utilizados para realizar el trabajo sucio del Estado, de los bancos o de la industria nuclear. Como ejemplos, el despliegue de policías alemanes para proteger los transportes Castor contra los manifestantes, a fin de que los trenes cargados de residuos nucleares lleguen a Gorleben, o el mayor sindicato policial de España, que condena la intervención policial para forzar los desahucios de viviendas.

Una de las claves de la estrategia no violenta es crear grupos y, a través de estos, movimientos que pongan en contacto a las personas con sus propias fuentes de poder: el poder de comunicarse, organizarse y crear apoyos, de abrir espacios sociales, de rechazar o desbaratar lo que es incorrecto y presentar alternativas. Para resistir la represión y sobreponerse a otros miedos, estos grupos necesitan solidaridad, que los miembros se cuiden entre sí. También precisan de un espíritu de aprendizaje, lo cual significa flexibilidad para adaptarse a las situaciones cambiantes y extraer lecciones de sus propias acciones o de los sucesos que les afectan. Estos grupos estarán entonces capacitados para llevar a cabo formas efectivas de resistencia no violenta, que labran un camino entre las actitudes sumisas y las bravuconas. Al fin y al cabo, todos necesitamos la esperanza de que lo inhumano no triunfará.

Poco antes de ser conducido a un estadio de fútbol de Santiago de Chile en 1973, en el que sería asesinado, el cantautor Víctor Jara compuso sus últimos versos:

¡Qué espanto causa el rostro del fascismo!

Llevan a cabo sus planes con precisión artera

Sin importarles nada. ... En estas cuatro murallas solo existe un número

que no progresa,

que lentamente querrá más muerte.

Pero de pronto me golpea la conciencia

y veo esta marea sin latido,

pero con el pulso de las máquinas

Howard Clark

(Traducido del inglés por Matias Mulet)

Notas

1. Juan Corradi, Patricia Weiss Fagen y Manual Antonio Garretón, eds., Fear at the Edge: State Terror and Resistance in Latin America (Univ of California Press, 1992)

2. Una lista útil aparece en April Carter, People Power and Political Change (Routledge 2012), Anexo

3. Recomiendo encarecidamente los estudios de Brian Martin sobre el efecto «tiro por la culata». Su libro Justice Ignited: the Dynamics of Backfire, (Rowman and Littlefield, 2009) y su página web contienen ideas útiles para talleres. Por «tiro por la culata» se entiende lo que sucede cuando la violencia, incompetencia o corrupción de un régimen suscitan la indignación popular. Las autoridades aplican entonces diversas estrategias para controlar ese «tiro por la culata», mientras que los movimientos sociales buscan cómo oponerse a estas estrategias y «amplificar la indignación». http://www.bmartin.cc/pubs/backfire.html

4. El «embudo» (a veces llamado «acorralamiento») consiste en arrinconar a los manifestantes en un espacio confinado, normalmente con una sola salida (y a veces ni siquiera eso).

Publicado en El Fusil Roto No 94

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