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Acerca de ser una observadora en los Territorios Palestinos Ocupados (Hannah Brock)

El Fusil Roto (Internacional de Resistentes a la Guerra), nº 94

Sección:Represión
Martes 8 de enero de 2013 0 comentario(s) 1546 visita(s)

Publicado enEl Fusil Roto, diciembre de 2012, nº 94

A principios de este año estuve viviendo durante tres meses en Belén, en los Territorios Palestinos Ocupados. Serví como miembro del Programa Ecuménico de Acompañamiento en Palestina e Israel (PEAPI). Los Acompañantes Ecuménicos (AE) son observadores de los derechos humanos que intentan controlar e informar sobre la violación de los derechos humanos y del derecho humanitario internacional; ofrecen una “presencia protectora” (¡luego hablaré más sobre esto!); se solidarizan con comunidades vulnerables y realizan labores de apoyo. Trabajamos para conseguir el respeto del derecho internacional y para acabar con la ocupación de los territorios palestinos.

Voy a hablar de tres tipos de miedos que sentí cuando era un AE:

- El miedo físico que se siente al encontrase cerca de gente con armas.
- El temor a que tu trabajo sea reprimido.
- El temor a no servir de ayuda.

También voy a hablar de cómo traté esos miedos.

Primero está el miedo de encontrarse cerca de armas (es interesante, aunque tal vez también incómodo, pensar que estas mismas armas hacen que otra gente se sienta segura). Este miedo puede ser físico, se puede sentir en la nuca, en el estómago y de otras muchas maneras.

Yo sentí este tipo de miedo cuando proporcionaba “protección con presencia”: esos eran los momentos en los que se requería nuestra presencia por parte de los activistas palestinos o israelíes porque nuestra notoria presencia como observadores internacionales podía reducir el riesgo de violencia. Hacer fotos, videos y tomar notas intensifica este tipo de protección porque envía el siguiente mensaje: si haces algo mal, alguien te está observando y el mundo lo sabrá. Claro está que esta táctica no siempre tiene éxito – algunos soldados o colonos israelíes radicales, que viven en Cisjordania de manera ilegal, son inmunes a las críticas internacionales (al igual que lo son, claro está, algunos grupos militantes palestinos) – pero aún así nos invitaron a estar presentes.

En Belén utilizábamos esta presencia de manera regular en los controles militares, en las manifestaciones noviolentas en contra de la construcción del muro de separación, y en el “trayecto al colegio” – a las puertas de un colegio de primaria en el pueblo palestino de Tuqu’ que los militares israelíes visitan dos veces al día a la entrada y la salida de los escolares. Un recuerdo muy impactante para mí es la imagen de estar directamente entre los niños que caminaban al colegio y los soldados, un escudo tanto emocional como físico.

Lo más preocupante es cómo el miedo a las armas se desvanece al familiarizarse con ellas. En una sociedad militarizada, la conmoción al estar cerca de máquinas que pueden matar a la gente es insignificante en comparación a comunidades que apenas ven armas.

Esta normalización la he sentido yo. Cuando viajo por Israel, apenas noto la destacada presencia de las armas. Las visitas habituales de otros extranjeros, menos acostumbrados a ver violencia en directo – como la impresión en sus ojos cuando les contaba cómo a los niños se les mantiene a punta de pistola en plena noche en sus casas porque el ejército quiere acceder al tejado – me recordaron que este tipo de comportamiento NO está bien y me ayudó a recobrar mi propio sentido de la alarma. Tal vez en estas circunstancias se haya convertido en algo común, pero no debería ser algo normal, y desde luego no es humano.

En segundo lugar está el miedo a las represiones. Los soldados israelíes nos recordaban a menudo que no les gustan mucho los “activistas” (un eufemismo sarcástico), y podían ser extremadamente agresivos verbalmente. Más agresivos aún eran los guardas de seguridad privados contratados en los puntos de control. Nos expulsaban de los controles, nos amenazaban con detenernos y nos confiscaban los pasaportes de manera temporal para realizar “controles de seguridad”. Al trabajar para una organización que opera a lo largo de toda Cisjordania, era consciente de que mi interacción con los militares podía tener un impacto negativo sobre el resto de gente trabajando para PEAPI en otras zonas o, peor aún, sobre los palestinos de la zona o los activistas israelíes. Esta toma de conciencia hace que uno sea extremadamente cauteloso.

Por otro lado, algunos soldados eran corteses y curiosos. Uno de ellos, nacido en Rusia, me contó cómo se aburría en los puntos de control; otro le contó a mi colega que era un pacifista de Tel Aviv y lo mucho que le costaba hacer este trabajo. Momentos como estos eran de gran importancia para mí puesto que reforzaban la humanidad de la gente dentro de la institución militar.

Por último está el temor a no servir de ayuda. Los extranjeros que ofrecen su solidaridad suelen ser recibidos con los brazos abiertos por los israelíes anti-ocupación y los palestinos del lugar, pero esta bienvenida puede convertirse en presión, puesto que la vida bajo la ocupación – se puede llamar desesperación – aumenta las expectativas a un nivel irreal.

Mientras que este miedo puede parecer banal, es precisamente esta preocupación – la de defraudar a la gente – la que me ha acompañado hasta ahora. El único momento en el que no siento remordimientos por poder partir y vivir una vida libre en Europa, es cuando le hablo a otra gente sobre lo que está pasando, porque es en momentos como esos en los que siento que realmente estoy ayudando al cambio.

Es importante decir que la solidaridad de los otros AE, además del apoyo de mis amigos y familia en el Reino Unido, eran de un valor incalculable para mí. De estos últimos, la mayoría no sabía nada sobre el conflicto; unos pocos sabían mucho. En ambos casos, estaban interesados y encantados de escucharme cuando necesitaba hablar. Mantener el contacto con gente que nada tiene que ver con la situación también ayuda a mantener el sentido de la perspectiva; mientras que la situación en sí es urgente e imperiosa, como observadores también tenemos una vida y responsabilidades esperándonos en casa.

Al hablar de mis miedos es importante recordar que yo tenía privilegios: un chaleco que mostraba mi estatus como observadora, el apoyo del equipo de PEAPI y un pasaporte británico.

Mis miedos no tenían ni punto de comparación con los de muchos israelíes y palestinos que se ven afectados por el conflicto.

En Wadi Raha, un pueblo de unos 1000 habitantes cercano a Belén, todos son familia. Se siente un ambiente familiar al andar por sus calles. Desde este lugar se puede ver el asentamiento ilegal israelí de Efrat, a sólo 50 metros del límite del pueblo. La ruta propuesta para la “barrera de separación” separará a los habitantes de sus tierras de cultivo y estará sólo a unos metros del colegio del pueblo.

Hace unos años, los jóvenes de Wadi Rahal emprendieron un comité de resistencia popular: cada viernes los habitantes rezaban y protestaban en las tierras que les iban a quitar. Se les unieron activistas extranjeros e israelíes. Anas, un estudiante de Wadi Rahal, estaba agradecido por su apoyo: “Nunca olvidaré la solidaridad israelí con nosotros. Muchas veces vinieron a ayudarnos desde Tel Aviv”.

Recientemente se han detenido estas protestas. Los empleados de la fuerza de seguridad privada de Efrat dijeron al grupo de protestantes que si no cesaban sus actividades, todas aquellas personas del pueblo con un permiso de trabajo en Israel lo verían revocado.

Anas no ve esto como un fracaso. Dice que esta amenaza demuestra que su campaña tuvo impacto: “Hay quien dice que la resistencia popular no hace que cambie nada, pero yo digo ¿que para qué van a venir a hablar con nosotros si no estuviésemos haciendo que cambien las cosas?” Mientras las protestas de Wadi Rahal se suspendieron, la gente del pueblo está participando en protestas en otros pueblos de los alrededores.

En Sderot, un pueblo israelí junto a la Franja de Gaza, conocí a una señora israelí-judía llamada Roni. Me contó sobre la marginación que sufría por parte de su familia por haberse unido a un grupo de activistas – con miembros de Israel y Gaza – que busca acciones noviolentas creativas para promover la esperanza en la región. Aunque comparte su pánico y miedo (puesto que su nieto fue herido por un cohete lanzado desde Gaza), dijo que no podía dejar que la cegasen.

Estos miedos – las consecuencias de perder tu permiso de trabajo, o el distanciamiento de tu familia – son tangibles y extenuantes. Mi vida en Belén no tenía nada que ver con esto. Por mucho que me inquietasen las cosas que había vivido, intentaba relativizar estos miedos en comparación a los miedos a los que se enfrenta mucha gente como los activistas de Wadi Rahal y Roni en Sderot.

Por ello, en respuesta a los miedos a los que me enfrentaba cuando vivía en Cisjordania, utilicé tres herramientas, que no son en ningún modo nuevas, pero que fueron muy eficaces:

- Relativizar (tanto manteniendo el contacto con gente que nada tenga que ver con la situación, como comparando tus miedos a los miedos de aquellos que viven bajo la ocupación).
- Buscar en todo momento la humanidad de los demás.
- Apreciar la solidaridad de las personas más cercanas.

Estas son lecciones que intentaré llevarme conmigo en mi trabajo futuro

Hannah Brock

(Traducido del inglés por Nayua Abdelkefi)

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