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Identidad y violencia en la era nuclear (José Luis Gordillo )

Viento Sur

Sección:Solidaridad entre los pueblos
Sábado 12 de marzo de 2011 1 comentario(s) 2197 visita(s)

1. Conflictos y choque cultural. Según datos procedentes de la Investigación por la Paz /1, veinticuatro de los veintiocho conflictos armados existentes en el mundo en este momento son guerras civiles. De ellos, unos veintitrés tienen que ver con problemas identitarios y/o con demandas no satisfechas de autodeterminación. No obstante, la mayoría no son conflictos identitarios «puros», sino que, en su origen o en su desarrollo, la defensa de una identidad grupal Se superpone a causas más tradicionales, como el control de recursos (petróleo, gas, diamantes, agua, coltán, etc.) o la oposición al sistema político, económico, social o ideológico establecido. Todo ello en un contexto global profundamente marcado por un Gran Juego geoestratégico de alcance planetario entre EE UU, UE, Rusia y China.

No cabe duda que en la posguerra fría los conflictos identitarios han proliferado. Basta pensar en las guerras de los Balcanes, en el genocidio de Ruanda, en las masacres en Timor Oriental o en la reciente guerra en Georgia. También se puede pensar en los atentados del 11 de septiembre de 2001 siempre que se quieran ver como una manifestación dramática de un «choque de civilizaciones» entre el «mundo árabe” y el»mundo occidental«. Una interpretación en mi opinión cuestionable. La presunción de que los atentados en diversas metrópolis occidentales de los últimos años -en Nueva York, Washington, Madrid o Londres- son únicamente producto de un choque cultural es difícil de fundamentar en un análisis racional de hechos y pruebas fiables (dejando de lado, por tanto, las fabulaciones interesadas de los gobiernos y los servicios secretos occidentales), empezando por la suposición de que han sido crímenes perpetrados por una misma organización islámica»que odia nuestras libertades", como diría Bush, o por grupos que formarían parte de una misma conspiración yihadista antioccidental /2.

En cualquier caso, dando por buena la tesis del choque cultural, el Secretario general de Naciones Unidas lanzó una iniciativa en 2005 para promover una Alianza de Civilizaciones, uno de cuyos objetivo principales debía Ser cenar la brecha que divide a las sociedades islámicas y a las occidentales /3. Todo ello para evitar «los problemas surgidos de concepciones hostiles que fomentan la violencia» y para «tender puentes que permitan superar los prejuicios, las percepciones erróneas y la polarización que podrían amenazar la paz mundial» /4.

Esta iniciativa, por ahora, ha tenido escasas consecuencias prácticas. Una de ellas ha sido la creación de un Grupo de Alto Nivel a quien se encargó proponer un programa de medidas concretas sobre asuntos de tanta enjundia como la Seguridad mundial, la cooperación en la lucha contra el terrorismo, la erradicación del uso ilegítimo de la fuerza como medio de resolución de los conflictos, la promoción del diálogo entre diferentes culturas, la profundización de los valores compartidos, el tratamiento de los flujos migratorios, los modelos de integración cultural o la educación como medio para promover el diálogo entre las civilizaciones y prevenir la intolerancia y el conflicto. El citado Grupo, según sus patrocinadores, debía estar compuesto por personalidades que hubieran prestado «relevantes servicios en aras del entendimiento entre los pueblos y la naciones». Sin embargo, las personas finalmente designadas fueron una curiosa mezcla de políticos en paro más un ayatolá, un rabino, un arzobispo, un especialista en historia de las religiones y el director de un centro estadounidense para el entendimiento entre musulmanes y cristianos /5.

2. Conflictos identitarios y crisis ecológica. Varios autores han alertado sobre la posibilidad de que muchos de los conflictos provocados por la crisis ecológica global adopten la forma de conflictos identitarios. Philippe Delmas, un analista de las relaciones internacionales y antiguo asesor del Ministerio de Defensa francés, afirmaba hace más de una década que las guerras de los Balcanes debían verse como un presagio de las guerras del futuro /6 porque éstas serían «guerras de la necesidad” que estallarían porque un grupo humano consideraría que su supervivencia sería incompatible con la existencia de otro grupo humano. Un tipo de conflicto violento que proliferaría sobretodo en las zonas pobres del planeta, ya que en ellas»hay demasiados habitantes por kilómetro cuadrado, y habrá el doble dentro de dos generaciones.«Allí, en el futuro inmediato, el verdadero desafío será»comer, beber y por tanto acceder al agua" /7.

Carl Amery va más lejos y sostiene que la situación creada por el crecimiento demográfico, la contaminación y la escasez O el agotamiento de los recursos necesarios para la subsistencia humana, puede convertir a Hitler y a los nazis en los inspiradores de las «soluciones» drásticas que diversos Estados pueden verse tentados a aplicar en el siglo XXI. El título de su libro no puede ser más inquietante en ese sentido: “Auschwitz, ¿comienza el siglo XXI?” /8. Una premonición que, si se piensa bien, se parece bastante a la estrategia imaginada por Susan George para garantizar la supervivencia del capitalismo en el siglo XXI. en su ensayo de política ficción, Informe Lugano /9,

En realidad, Carl Amery, Susan George o Philippe Dehnas no hacen más que abundar en lo que ya estaba previsto en el segundo informe al Club de Roma. En éste se decía que, si todo continuaba igual y nada esencial cambiaba en el orden económico internacional, lo que cabría esperar para el siglo XXI era una lucha desesperada entre naciones y comunidades por el acceso y el control de los recursos limitados /10.

En 2008 esas previsiones no son prospectiva de un futuro lejano: son ya presente y pasado reciente. El libro de Michael T. Klare, “Sangre y petróleo” /11, lo muestra bien a las claras. Este autor sostiene, a partir de una sólida base empírica, que la motivación principal de la «guerra contra el terrorismo» declarada en 2001 es el control de los recursos energéticos, en especial el petróleo, un recurso agotable pero también la base sobre la que se asienta la economía mundial al decir de Richard Cheney /12, y cuyas principales reservas se encuentran en el subsuelo de diversos países de religión musulmana. Eso explicaría el sesgo islamofóbico de la propaganda bélica occidental de los últimos años. No obstante, siendo la lucha por la hegemonía y el control del petróleo las verdaderas causas de la «guerra contra el terrorismo», no se puede descartar que, una vez abierta la caja de Pandora de la xenofobia antiislámica, ésta no acabe provocando un verdadero enfrentamiento étnico entre occidentales y musulmanes.

Por consiguiente, aunque la propuesta de la Alianza de Civilizaciones tenga como premisa un diagnóstico de la realidad que parece formulado por el Gran Inquisidor de Dostoyevski, aquel personaje de Los hermanos Karamazov que consideraba que al pueblo no se le podía explicar la verdad, su necesidad y oportunidad resultan evidentes a la vista de los conflictos existentes y de los riesgos que comporta en la era nuclear su resolución violenta.

3. La violencia como sepulturera de la historia. Como todos sabemos, desde el 6 de agosto de 1945, fecha del lanzamiento de la primera bomba atómica, las guerras son mucho más peligrosas que en cualquier etapa anterior de la historia humana. Esto se puede argumentar de muchas maneras. La más sencilla y clara es la expuesta en el Manifiesto Russell-Einstein de 1955, sin duda el alegato pacifista más persuasivo y brillante de la segunda mitad del siglo XX.

En él se decía, entre otras cosas, que la humanidad atravesaba una situación trágica como resultado de la producción y almacenamiento de armas de destrucción masivas (nucleares, químicas y bacteriológicas), las cuales ponían en peligro la continuidad misma de la especie humana. Previamente se había explicado la terrible novedad que representaba la fabricación de las bombas H -bombas de hidrógeno o termonucleares- con una potencias dos mil quinientas veces superior a la de Hiroshima. El Manifiesto recordaba que la muerte de millones de personas se podía producir por las consecuencias directas de su utilización, pero también por las partículas radiactivas diseminadas tras su uso, que tendrían efectos nocivos para todos los seres humanos durante decenas de miles de años. Añadían que era ilusoria la esperanza de poder prohibir primero esas armas y después continuar recurriendo a la guerra para resolver los conflictos. A pesar de ser deseable cualquier acuerdo de limitación o prohibición del armamento más destructivo, era preciso tomar conciencia de que esa sólo seria una medida provisional, favorecedora a lo sumo de una disminución de la tensión mundial, pero nunca la solución definitiva. Cualesquiera que fueran los acuerdos a los que se llegara en tiempo de paz, esos acuerdos no serían respetados en tiempo de guerra, pues si estallaba un conflicto bélico, en especial entre antiguas potencias nucleares, los dos bandos se dedicarían a fabricar las armas prohibidas lo más rápidamente posible, ya que si uno lo hiciera y el otro no, el primero seria inevitablemente el victorioso. Este razonamiento daba sentido a una pregunta formulada en el manifiesto que bien se puede calificar, en mi opinión, como el dilema ético-político central de la era atómica: “Así es entonces el problema que os presentamos aquí: severo, horrible e ineludible. ¿Debemos poner fin a la especie humana O deberá la humanidad renunciar a la guerra?” /13.

Con ello, el Manifiesto Russell-Einstein presentaba la guerra como un problema de especie, ya que la continuidad de la guerra amenaza la supervivencia misma del género humano. Era una valoración de la actividad bélica que difería radicalmente de las que habían predominado hasta entonces entre las principales corrientes de pensamiento. Tenía muy poco que ver con la concepción de la guerra como castigo o instrumento de la divinidad, como factor de progreso social y político, como instrumento de liberación de los pueblos, como «higiene del mundo», como el medio más contundente para hacer prevalecer la superioridad de una raza sobre las demás o como medio u oportunidad para defender y alcanzar el socialismo.

Los autores del Manifiesto extraían una conclusión de todo lo anterior que también se puede considerar como el punto de partida de la Investigación por la paz:

Debemos aprender a pensar de una nueva manera. Debemos aprender a cuestionarnos, pero no sobre los pasos que pueden darse para asegurar una victoria militar al grupo de nuestra preferencia, porque no existen ya tales pasos; la pregunta que debemos formularnos es: ¿qué pasos pueden darse para impedir una competición militar que terminará por ser desastrosa para todos los bandos? /14.

Bertrand Russell, principal redactor del Manifiesto, desarrollaría estos argumentos en “La guerra nuclear ante el sentido común”. Según el filósofo británico, en la era atómica toda reflexión sobre la guerra y la paz debía partir de las siguientes premisas:

1º Una guerra nuclear en gran escala resultaría un completo desastre no sólo para los beligerantes, sino para todo el género humano, y no se llegaría con ella a resultado alguno que pudiera ser deseado por un hombre cuerdo.

2º Siempre que surge una guerra pequeña, existe un peligro considerable de que surja de ella una guerra grande; y el peligro se convertiría, en último término, casi en una certidumbre, en el transcurso de muchas guerras pequeñas.

3º Si se destruyesen todas las armas nucleares existentes y se llegase a un acuerdo de no fabricar otras nuevas, cualquier guerra importante se convertiría, a pesar de todo, en nuclear así que los beligerantes tuviesen tiempo para fabricar las armas prohibidas.

Se deduce de estas tres tesis que, si hemos de escapar de catástrofes inimaginables, será forzoso que encontremos un camino para evitar todas las guerras, sean grandes o pequeñas, resulten o no deliberadamente nucleares /15.

Esta valoración de la función social de la guerra puede ser considerada, a lo mejor, excesivamente pesimista o catastrofista. Pero quienes piensen así deben ser conscientes de que ellos están razonando sobre la guerra dando por sentado, explícita o implícitamente, que siempre va a ser posible impedir que, a partir de una o varias guerras «pequeñas» inicialmente no nucleares, se desencadene una escalada hacia una guerra nuclear general. Vale la pena subrayar que el utopismo de quienes piensen así siempre será mucho mayor que el de quienes hacen suyas las propuestas del pacifismo radical.

En la era nuclear, concebir la supervivencia de la propia comunidad, etnia, civilización o cultura como incompatible con la supervivencia de otras culturas, etnias o civilizaciones es potencialmente suicida. Los daños infligidos a los «otros» retomaran tarde o temprano como un bumerán. De ahí que las únicas soluciones viables a los grandes problemas del siglo XXI deben basarse en la cooperación y no en la confrontación.

4. Contra la identidad como destino obligatorio. Como hemos visto más arriba, la Alianza de Civilizaciones se propone evitar la confrontación cultural. Es una intención noble y loable. Su mismo nombre se opone formalmente al famoso «choque de civilizaciones» teorizado por Samuel P. Huntington. Pero el problema es que ahí se acaba la contraposición porque ambos planteamientos comparten el diagnóstico de que en el mundo hay varias civilizaciones con tendencia a colisionar, en especial la occidental y la islámica. Para Huntington hay que prepararse ante su inevitable choque, mientras que para la propuesta que hace suya el Secretario general de la ONU, la confrontación se debe evitar propiciando su alianza. Eso es todo. El pro yecto de Alianza de Civilizaciones no cuestiona ni la división del mundo en civilizaciones ni los conceptos al uso de mundo occidental y mundo árabe.

La crítica más mordaz que conozco a las tesis sobre el «choque de civilizaciones» es la formulada por Amartya Sen en su libro “Identidad y violencia” /16.

Sen señala que la división de la población mundial en civilizaciones o en religiones parte de un enfoque «singularista» de la identidad humana, según la cual los seres humanos serían solamente miembros de un grupo definido por la civilización o por la religión /17. Esta viejísima concepción desconoce lo que nos enseña cada día nuestra experiencia cotidiana, a saber: que todos tenemos rasgos identitarios diversos que compartimos con otros y que nos convierten en miembros de varios grupos a la vez. Una misma persona puede ser, simultáneamente, mujer, cristiana, desempleada, ciudadana francesa nacida en Argelia, ciclista, vegetariana, heterosexual defensora de los derechos de gais y lesbianas, ecologista y liberal.

Ciertamente, la religión o el ateísmo nos integran en unos determinados grupos y eso influye en nuestra conducta. Pero también lo hacen la lengua materna, el lugar de residencia, la ciudadanía, el género, la edad, el nivel de educación recibida, la profesión, el empleo, el desempleo, la idealidad sociopolítica, la salud, los hábitos alimentarios, las formas de ocio, las preferencias sexuales y otros muchos aspectos de nuestras ricas y complejas vidas. Cada uno de ellos permite agrupar a las personas de diferentes maneras y establecer, en consecuencia, diferentes divisiones de la población mundial (en ricos y pobres, trabajadores y parados, analfabetos y alfabetizados, heterosexuales y homosexuales, europeos, asiáticos, sanos y enfermos, hombres y mujeres, niños y adultos, jóvenes y ancianos, etc.) Intentar primar un aspecto singular de la vida de las personas, como es su religión, conduce a una visión reduccionista de lo que es la identidad humana.

A lo cual se debe añadir, como también argumenta Sen, que la visión del mundo como un conjunto de civilizaciones obvia o minimiza los valores compartidos por todas y las interacciones que se han dado y se dan entre ellas que convierten, por ejemplo, los avances en la ciencia y la tecnología en conquistas universales y no en rasgos exclusivos del mundo occidental, tanto por los beneficios que se puede extraer de ellas como por su génesis histórica. Este afamado economista de origen hindú recuerda que Europa habría sido mucho más pobre culturalmente si se hubiera resistido a la introducción de las matemáticas, la ciencia y la tecnología procedentes de China, Irán, la India y los países árabes en los inicios del segundo milenio /18.

Asimismo, Sen señala que al hablar de civilizaciones como un todo caracterizado por las religiones dominantes en cada una de ellas, se corre el peligro de negar el papel de la elección consciente y racional en la adopción o abandono de unos u otros rasgos identitarios /19. Una cosa es reconocer que no todo en nuestra vida es el resultado de una elección consciente y otra, bien distinta, afirmar que la razón y la voluntad no juegan ningún papel a la hora de adquirir o de rechazar diferentes rasgos de nuestra personalidad. Cada persona tiene la capacidad de decidir qué importancia asigna a cada uno de ellos y, por consiguiente, a su pertenencia a alguno de los grupos en_los que está integrada. En virtud de esa capacidad de elección es posible cuestionar costumbres establecidas, abandonar tradiciones milenarias, transformar la propia identidad e instaurar nuevos hábitos colectivos.

Quienes niegan esa capacidad de elección lo que hacen, consciente o inconscientemente, es instrumentalizar unos determinados sentimientos de pertenencia para intentar imponer una concepción fijista y reduccionista de la identidad humana. Resulta significativo que incluso las propuestas de amistad entre civilizaciones acaben otorgando un protagonismo desmesurado a los miembros de la jerarquía eclesiástica de las diversas religiones, como si éstos tuvieran alguna legitimidad especial para hablar en nombres de los integrantes (en realidad, integrados a la fuerza) de una u otra civilización. Más bien, lo que cabe esperar de personas así es la defensa de la identidad como destino, como algo que depende de una fuerza sobrehumana que nos obliga a amputar otros rasgos de nuestra personalidad y a comportamos de una determinada manera sin que nos esté permitido rebelarnos frente a ello. Cuando se intenta imponer coactivamente ese discurso y se añade que debemos estar dispuestos a matar a «los otros» para defender esa identidad concebida como destino inexorable, estamos ante lo que Amin Maalouf denomina «Identidades asesinas» /20. Y lo último que necesita el mundo ahora es una colisión de civilizaciones, culturas o religiones espoleada por la proliferación de identidades asesinas.

En los comienzos del tercer milenio lo que la humanidad necesita son identidades abiertas, fundamentadas en el reconocimiento del carácter multifacético de la personalidad, y autorreflexivas, esto es, que fomenten la capacidad para discernir acerca de si determinadas tradiciones, por más antiguas que sean, merecen ser continuadas o abandonadas.

Por otro lado, esas identidades abiertas no deberían nunca negar la dignidad de todo ser humano por motivos de religión, color, nacionalidad, sexo o cualquier otra condición relativa a la idiosincrasia de las personas. Esto también facilitaría que la defensa de la propia identidad no fuese un obstáculo para el reconocimiento y la defensa de valores universales, como los contenidos en la declaración universal de los derechos humanos. Sólo así sería posible responder positivamente a la célebre. admonición con la que concluye el Manifiesto Russell-Einstein: “Apelamos, Como seres humanos, a los seres humanos: acordaos de vuestro humanidad y olvidad lo demás. Si podéis hacerlo, hay un camino abierto hacia un nuevo paraíso; Si no podéis, está ante vosotros el riesgo de una muerte universal” /21.

A partir de ese sentimiento de pertenencia al género humano se podría articular una «alianza de valores» entre pueblos, como ha propuesto el escritor Juan Goytisolo, capaz de inspirar las soluciones negociadas y pacíficas que necesitamos para superar con éxito los conflictos futuros, antes que una Alianza de Civilizaciones definidas por las distintas religiones que lleva a considerar a los rabinos, los arzobispos o los ayatolás como las personas más autorizadas para representar a una Civilización y para propiciar un diálogo entre ellas. La «alianza de valores» puede parecer una quimera, pero lo parecerá menos si se cae en la cuenta de que la Carta de la ONU es el resultado de una alianza de ese tipo forjada después de la guerra más devastadora conocida por la humanidad y en la que se utilizó por primera vez la bomba atómica contra civiles indefensos. El preámbulo de ese documento, firmado y ratificado por la casi totalidad de los Estados del planeta, declara que el objetivo más importante de Naciones Unidas es "evitar el flagelo de la guerra”, para lo cual se prohíbe, salvo en el supuesto de la legítima defensa, el uso unilateral de la fuerza por parte de los Estados. La Carta de la ONU puede ser criticada por muchos motivos, pero la prohibición del uso de la fuerza de su artículo 2 es, en mi opinión, de los aspectos menos criticables. Es más: cualquier reforma de la ONU debería mantenerla a toda costa.

Ahora bien, la «alianza de valores» que necesitamos debe ir más allá de la Carta de la ONU y de la declaración universal de los derechos humanos. A los valores universales contenidos en esos documentos se debería añadir la no violencia de inspiración gandhiana.

El siglo XX ha sido el siglo de Hiroshima, pero también el de Mohandas Karamchand Gandhi. Con motivo del lanzamiento de las dos primeras bombas atómicas, Gandhi escribió que eso mostraba como una bomba no puede ser destruida por otra bomba, como la violencia no puede ser eliminada mediante la violencia /22. Todavía hoy una afirmación de este tenor es calificada por muchos como poco realista. Pero si se piensa, por una parte, en los muchos conflictos que van a estallar a lo largo del Siglo XXI (que pueden adoptar la forma de conflictos identitarios o, incluso, de auténticas luchas existenciales a vida o muerte) y, por otra, en que cada uno de ellos va a ser un estímulo para el uso de las armas más destructivas o, cuando menos, para su proliferación, pues el bando vencido en una guerra siempre puede pensar que las armas nucleares, químicas o bacteriológicas le pueden garantizar la victoria en la próxima contienda, entonces el supuesto realismo de los críticos del pacifismo y del antimilitarismo se transforma directamente en una pesadilla.

El ecumenismo gandhiano se fundamenta en dos axiomas profundamente relacionados entre sí: el respeto incondicional a toda vida humana y la unidad de medios y fines /23. El primero emana del segundo, porque si se asume que ninguna vida humana puede Ser utilizada como medio para alcanzar un fin, entonces los medios utilizados para luchar por lo que se considera justo deben potenciar y respetar la vida de todas las personas. Como muy bien ha visto José Antonio Estévez /24, el pensamiento gandhiano lleva hasta sus últimas consecuencias el imperativo kantiano que exige tratar a todos los seres humanos como fines en sí mismos y no como medios, incluso cuando los demás pretenden instrumentalizamos a nosotros. Eso convierte a la no violencia en el mejor antídoto contra cualquier clase de fanatismo: por muy convencido que se esté de la justicia de la causa por la que se lucha, eso no justifica que se ejerza la violencia contra otros.

Como dejó escrito E. P. Thompson, «el genero humano ha de madurar de una vez por todas». Hemos de reconocer que “el otro somos nosotros mismos" /25. La mejor vía para conseguirlo es la que propone el pacifismo radical de inspiración gandhiana.


Notas

1/ Vid. AAVV (2008), Alerta 2008. Informe sobre conflictes, drets humans i construcció de pau. Icaria/Escola de Cultura de Pau de la UAB, Barcelona, págs. 22 y ss.

2/ Suposición que, cada día que pasa, es más difícil de sostener. Los jueces españoles han dictaminado que los atentados de Madrid del 11 de marzo de 2004 estuvieron organizados por un grupo sin conexión orgánica con Al Qaeda. La investigación judicial sobre los atentados de Londres del 7 de julio de 2005 avanza muy lentamente y sin resultados claros sobre la identidad y los fines perseguidos por sus autores. Por lo que se refiere a los atentados del 11 de septiembre de 2001, a hay muchos hechos y pruebas que permiten afirmar que toda la versión oficial sobre su autoría es una falsedad. Vid. AAVV (2007), ZERO. Perché la versiones ufficalle sull’11/9 è un falso, Casale Monferrato: Edizioni Piemme Spa.

3/ Como se sabe, la primera propuesta la hizo Zapatero y la iniciativa fue patrocinada por los presidentes de los gobiernos de España y de Turquía. Vid. Dossier sobre la propuesta en la página web del Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación español. www.maec.es.

4/ Vid., Idem, pág. 17.

5/ Vid. Idem, «Informe del Grupo de Alto Nivel», pág. 38.

6/ Vid, Delmas, P. (1996), El brillante porvenir de la guerra, Andres Bello, Santiago de Chile, pág. 192.

7/ Idem, pág. 193.

8/ Amery, C. (2002), Auschwitz, ¿Comienza el siglo XXI?, Turner/FCE, Madrid.

9/ George, S. (2001), Informe Lugano, Icaria/Intermon, Barcelona.

10/ Mesarovic, M. y Pestel, E. (1975), La humanidad en la encrucijada, FCE, México, págs. 115 y ss.

11/ Klare, M. T. (2006), Sangre y petróleo. Peligros y consecuencias de la dependencia del crudo. Urano, Barcelona.

12/ Tal como lo explicó en una Conferencia en el Instituto del Petróleo de Londres en el otoño de 1999. El texto de la Conferencia se puede encontrar en wvvw.crisisenergetica.org.

13/ Vid «Manifiesto Russell-Einstein» como Apéndice l en AAVV, Los científicos, la carrera armamentista y el desarme, op. cit., págs 373-376.

14/ Ibidem.

15/ Russell, B.,(1959). La guerra nuclear ante el sentido común, Madrid, Aguilar, págs. 35-36.

16/ Sen, A. (2006), Identity and violence: The illusion of destiny, Norton & Company Ltd, New York (tr. castellana: Identidad y violencia. La ilusión del destino, Katz, Buenos Aires, 2007, por donde se cita).

17/ Idem, pág. 10.

18/ Idem, pág. 176.

19/ Idem, pág. 27.

20/ Cfr. Maalouf A. (1999), Identidades asesinas, Alianza Editorial, Madrid, en especial págs. 43 y ss.

21/ Vid. «Manifiesto Russell—Einstein», op. cit., págs 375-376.

22/ Gandhi, M. K. (1973), Teoria e practica della non violenza, Einaudi, Torino, pág. 354.

23/ Como muy bien ha subrayado Galtung, J. (2003), Paz por medios pacífîcos, Bakeaz, Bilbao, pág. 274.

24/ Cfr. Estévez Araujo, J. A. (1994), La Constitución como proceso y la desobediencia Civil, Trotta, Madrid, pág. 22.

25/ Thompson, E. P. (1983), «Más allá de la guerra fría» en Opción cero, Crítica, Barcelona, pág. 240.


Publicado en Viento Sur, nº 101, noviembre de 2008

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Comentarios


  • Identidad y violencia en la era nuclear (José Luis Gordillo )

    21 de abril de 2011, por NAL

    Magnífico. Simplemente, magnífico. En este artículo se ofrece no sólo un claro ideal pacifista, sino también todos los argumentos necesarios para aceptarlo, comprenderlo y defenderlo. No creo que nadie con una mínima capacidad lógica y una mente abierta (algo, lamentablemente, no tan común) pueda negar que ésta es la única manera de respetar realmente los derechos humanos y, tal vez en un caso más grave, permitir la supervivencia de la humanidad.


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