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Del hiperpoder al miedo

José Javier Rueda

Sección:EEUU
Lunes 2 de octubre de 2006 0 comentario(s) 1732 visita(s)

Heraldo de Aragón 11/09/2006

Han pasado cinco años desde el 11-S. George W. Bush, presidente de la única potencia mundial, declaró entonces la guerra al terrorismo. Hoy, EE UU está perdiendo esa batalla y, de paso, está comenzando a vivir su declive

Del hiperpoder al miedo

"Los atentados integristas del 11-S marcaron el punto de inflexión del auge de Estados Unidos como potencia imperial"

HACE HOY justamente cinco años, los atentados del 11-S marcaron el punto de inflexión del auge de Estados Unidos como potencia imperial. Cien años antes, a finales del siglo XIX, Estados Unidos se había lanzado a la conquista del mundo. Tras consumar su unificación interior, puso sus ojos en el exterior. Empezó, en 1898, por arrebatarle a la alicaída España sus dos colonias de ultramar: Cuba y Filipinas. A partir de ahí, su impresionante maquinaria económica, militar y cultural convirtió el siglo XX en el siglo estadounidense. El punto álgido de este devenir lo alcanzó en los años noventa, con la desaparición de la URSS. Estados Unidos se convirtió en la única potencia mundial. Un papel que representó de forma apabullante en la primera guerra del Golfo (1991), al final de la cual el presidente Bush (padre) anunció el advenimiento de un "nuevo orden internacional". El 11 de septiembre de 2001, un hecho inesperado quebró esa tendencia. Un atentado suicida destruyó el símbolo más altivo del poderío estadounidense: las Torres Gemelas de Nueva York. El presidente Bush (hijo) declaró la guerra al terrorismo. Pero esta guerra no tiene nada que ver con las contiendas clásicas, como las que les llevaron a la victoria contra los nazis en los campos de Europa. La batalla contra el terror es asimétrica y exige métodos muy diferentes. Washington no ha sabido aplicarlos y la está perdiendo. Aunque las ingentes inversiones han conseguido multiplicar las medidas de seguridad, paradójicamente los ciudadanos se sienten más inseguros.

La Casa Blanca aprovechó, además, el cheque en blanco que le dieron su ciudadanía y la comunidad internacional tras el 11-S para intentar rediseñar el mapa de Oriente Medio por estrictas razones geoestratégicas. Así, las intervenciones en Afganistán e Iraq le debían asegurar el control de grandes reservas de petróleo y gas, que EE UU necesita imperiosamente ante el aumento de la demanda mundial, a causa de las enormes necesidades de China y la India. Sin embargo, las campañas en Bagdad y Kabul marchan de mal en peor. El Pentágono todavía no tiene el control de ninguno de los dos países, ya le han generado más bajas que el 11-S y se han convertido en incubadoras de nuevos terroristas.

La Administración Bush está perdiendo la guerra contra el terrorismo y, además, está acelerando el declive que ya vislumbró hace 17 años el historiador Paul Kennedy. El catedrático de Yale demostró en su libro "Auge y caída de las grandes potencias" que todos los imperios, desde el romano hasta el británico, pasando por el español, terminaron cuando la multiplicación de sus responsabilidades militares agotó su economía. El libro, heredero de otros del historiador Carlo Cipolla y del periodista Walter Lippmann, no llegó en buen momento porque coincidió con la caída no de Estados Unidos, sino de la URSS. No obstante, la base argumental siempre ha estado ahí. Por eso, el catedrático español Luis de Sebastián retomó la tesis hace dos años en su libro «Pies de barro» y ahora ha hecho lo propio el especialista de la Universidad Johns Hopkins Michael Maldelbaum.

El erario público estadounidense está exhausto. A diferencia de otras guerras, incluida la primera batalla del Golfo, las arcas públicas estadounidenses han tenido que pagar las dos últimas aventuras bélicas (Afganistán e Iraq) y la sangría no se detiene. EE UU ya no es la primera potencia económica (como lo era en 1945), pero su presupuesto de Defensa representa casi la mitad del total mundial. Tras cinco años de déficit, la deuda pública supera los 8 billones de dólares frente a los 2,2 del año 2000.

Hace cinco años, diecinueve terroristas suicidas atacaron el corazón del imperio, que resultó herido como nunca antes. Por primera vez, Estados Unidos apareció ante el mundo como una superpotencia claramente vulnerable. El 11-S no fue Pearl Harbour, sino todo lo contrario. Desde entonces, el gigante americano ha perdido su tradicional optimismo, se ha dejado vencer por el miedo, ha recortado las libertades individuales de sus ciudadanos y ha perdido buena parte de su «poder blando» (influencia socio-cultural) en el mundo incrementando los sentimientos antioccidentales. Eso sí, ha aumentado su poder militar y, de paso, al invadir Iraq, ha animado a Irán y Corea del Norte a armarse hasta los dientes para que no les pase lo mismo.

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