Noticia de nuestros movimientos antiglobalización
Carlos Taibo
Sección:Informativa
Lunes 6 de febrero de 2006
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Sacado de El País
Las sesiones que, al principio de cada año, celebra el Foro Social
Mundial configuran un buen momento para perfilar un balance de nuestros
movimientos antiglobalización, y para hacerlo aun a sabiendas de que el
vigor principal de esas redes recae, pese a tantos espasmos
eurocéntricos, en aquellas que han acabado por madurar en los países
pobres.
Adelantemos que una percepción muy extendida sugiere que nuestros
movimientos padecen un estancamiento preocupante. Alguien dirá -y
estará en su derecho- que, comoquiera que no parece saludable denostar
a aquéllos desde las páginas de EL PAÍS, me acojo en estas líneas a una
lectura interesadamente optimista que dejará perplejos a bastantes
activistas y descontentas a muchas gentes que recelan de oficio de las
redes antiglobalización. Me limitaré a replicar que, errado o no, creo
con firmeza en la esperanzada evaluación que sigue.
Antes de entrar en materia debo subrayar que la expresión de la que he echado mano un par de veces, movimientos antiglobalización,
es indefectiblemente, y por razones que en otro momento espero
detallar, la mía. Bueno es que agregue, también, que conviene rehuir la
doble tentación, muy común, de atribuirlo todo a los movimientos y de
dibujar insorteables fronteras entre éstos y lo que con alguna ligereza
llamaré izquierda tradicional. Aunque no albergo duda mayor con
respecto al hecho de que en los movimientos despunta un impulso
libertario que atrae hacia ellos a gentes que se sienten incómodas en
las estructuras -partidos, sindicatos, ONG- de siempre, sería un grave
error concluir que no hay puentes de comunicación entre las dos
orillas. Al fin y al cabo, y por sugerir algún ejemplo, en muchos
lugares los movimientos han nacido en el germen aportado por las ONG,
de la misma suerte que saltan a la vista sus vínculos con el
sindicalismo alternativo y con lo que hasta ahora han sido el
feminismo, el pacifismo y el ecologismo. Dejémoslo claro: la crítica
que las redes han formulado tantas veces contra partidos, sindicatos y
ONG no es óbice para que unas y otros se alimenten mutuamente.
Pero huyamos de los introitos y acometamos con una sugerencia el
balance que anunciábamos: si asumimos que las manifestaciones contra la
agresión estadounidense en Irak configuraron un singular, y acaso
irrepetible, momento de gloria para los movimientos antiglobalización,
estaremos en la obligación de señalar que no sería justo comparar lo
que ahora tenemos con lo que sucedió aquellos días. La comparación
adecuada lo es con lo que existía entre nosotros antes de aquellos
días. Y el resultado del ejercicio parece, entonces, razonablemente
halagüeño al amparo de la consolidación, sin alharacas, de redes
activas que, presentes en muchos lugares -entre ellos, por cierto,
muchas zonas rurales-, son conscientes de que su trabajo lo es a largo
plazo.
Esas redes han servido, por añadidura, de aglutinante de iniciativas
diversas, y ello hasta el punto de que con frecuencia han oficiado como
estimulante teatro de reencuentro de gentes que habían seguido caminos
distintos. En esa dimensión, por cierto, no hay motivo para aducir que
los movimientos han abrazado una quirúrgica estrategia de borrón y
cuenta nueva que aconsejaría tirar por la borda todo lo que viene del
pasado. Disfrutan, muy al contrario, de fluidos mecanismos de relación
y es un ejemplo entre otros- con los segmentos más lúcidos del
movimiento obrero de siempre, con los que han coincidido a menudo en
unas y otras batallas. La idea de que detrás de nuestros movimientos no
hay sino jóvenes de vida cómoda que darían rienda suelta, sin más, a su
mala conciencia es una interesada distorsión que arrincona lo que a
tantos parece evidente: han sido redes como las que nos ocupan las que
en muchos casos han hecho frente al endurecimiento planetario en las
condiciones del trabajo asalariado. Agreguemos, con todo, que las
innegables virtudes aglutinantes de los movimientos no han dejado de
tener contrapartidas en la forma de divisiones internas que han venido
a reproducir muchas de las viejas reyertas, sin aportar siquiera alguna
marginal innovación en los lenguajes desplegados.
Tampoco han faltado los activos en materia de sensibilización y de
consolidación de discursos críticos. Aunque los movimientos no son los
únicos responsables, sus imaginativas estrategias de comunicación algo
tienen que ver con la instalación de valores que subrayan nuestra deuda
con los países pobres -a menudo se ha dicho que en la esencia de las
redes está el designio de reclamar derechos para otros-,
que invitan a repudiar la guerra en todas sus formas o que ponen el
dedo en la llaga de la férula que tantas empresas ejercen sobre los
poderes políticos. El aliento de los movimientos pudo apreciarse con
facilidad, por otra parte, en la organización de las manifestaciones
contra la mentada guerra de Irak o en el aprestamiento de las
concentraciones que se realizaron, ante las sedes de un partido
político, en marzo de 2004. Convengamos, eso sí, en que aquéllos han
demostrado una mayor capacidad en lo que atañe a azuzar a otros que en
lo que se refiere a crecer ellos mismos, circunstancia que en algún
momento ha generado una paradójica desmovilización: tras el triunfo
electoral del Partido Socialista fueron muchos los manifestantes que se alejaron de las redes antiglobalización, a las que permanecieron ligados en exclusiva, qué remedio, sus activistas.
Agrias discusiones han levantado, y demos otro salto, los foros y las
contracumbres que los movimientos han ido perfilando. El general éxito
mediático de unos y otras -Porto Alegre ha suscitado más simpatías que
Davos en la mayoría de nuestros medios- no ha estado exento, tampoco,
de contrapartidas. La principal ha sido, sin duda, el riesgo de que
foros y contracumbres acaben por sustituir a los propios movimientos en
un magma general de turismo solidario que prima los grandes cónclaves
en detrimento del trabajo sórdido de cada día (esta opción ha sido
refrendada, dicho sea de paso, por un puñado de santones intelectuales
y por los segmentos más ilustrados de la socialdemocracia europea;
estos últimos bien se han ocupado de personarse en los grandes foros
sin realizar, en cambio, mayores esfuerzos para volcar en sus políticas
las demandas que aquéllos emitían). Ante un elogio desmesurado de la
manifestación que cerró la contracumbre barcelonesa de marzo de 2002,
un activista planteó la cuestión bien a las claras: "Lo que me gustaría
saber es dónde están estas cuatrocientas mil personas los 364 días
restantes del año". Y es que el futuro de los movimientos no se dirime
en Porto Alegre, en Bamako, en Caracas o en Karachi, sino en el día a
día del trabajo, poco vistoso, desplegado en barrios y pueblos.
Es difícil evaluar, y vamos rematando, la relación entre movimientos y
cuestión nacional. Recordemos que, a los ojos de muchos, una de las
dimensiones más arrasadoras de la globalización es la que hace de ésta
una apisonadora de culturas de condición precaria y provoca un
incipiente acercamiento entre los movimientos nacionalistas resistentes
y las redes objeto de nuestro interés. No parece que esos vínculos
hayan ganado singular peso entre nosotros. En su defecto, y de haberlo
hecho, las huellas son diferentes según los lugares: mientras el
discurso antiglobalización tiene notable ascendiente en Cataluña, no
puede decirse lo mismo, en cambio, de Euskadi y de Galicia.
Comúnmente se acepta, en fin, la aseveración de que al calor de las
redes se ha verificado la movilización de muchos jóvenes, un fenómeno
impensable hace sólo media docena de años. Siendo respetable la queja,
tantas veces emitida, de que la impronta que esos jóvenes han conferido
a muchas iniciativas revela, sí, una enorme energía pero arrastra una
dramática falta de continuidad, lo suyo es preguntarse qué nos han
deparado, a quienes ya no somos jóvenes, nuestras organizaciones, tan
bien estructuradas y tan constantes en sus desempeños...
Hace un par de meses cayó en mis manos el texto con el que Mariano
Rajoy presentaba un libro de rabiosa actualidad. Poco importa si el
presidente del Partido Popular era o no su autor material. Lo que
importa es el hecho de que en él se emplazaba en la misma lista a los
movimientos antiglobalización y a eso que ha dado en llamarse
terrorismo yihadista.
Semejante dislate, que no merece mayor glosa, ilustra bien a las claras
que los movimientos no sólo existen: preocupan a quien tienen que
preocupar.
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