Política de las mujeres. Política antimilitarista (Ana Peralta)
Sección:Mujeres y antimilitarismo
Viernes 12 de agosto de 2005
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Introducción
«El presente, cuando cuenta con el apoyo del pasado, es mil veces más
profundo que el presente cuando nos apremia tan de cerca que nada más se puede
sentir, cuando la película en la cámara sólo produce impresión en la vista»
[1].
En el texto del que he entresacado esta cita, Fina Birulés
reflexiona sobre la reconstrucción de la historia de las mujeres. Ella la explica
como una empresa que tiene que ver con la posibilidad de decir, de ordenar la
experiencia presente de las mujeres a partir de los lugares femeninos de la
memoria. Y también es ese uno de los motivos de este trabajo.
Cuando comencé a buscar textos con los que documentar mínimamente
este trabajo, partía ya de la certeza de que la política de las mujeres -que
a mí me parece adivinar en la manera de hacer de muchas mujeres que quizá rechazarían
esa definición para sus formas de acción política- y la política antimilitarista comparten tantas cosas que debería ser imposible nombrar
una sin evocar la otra. La práctica política de las mujeres no desplaza al futuro
la realización de un ideal, no separa objetivos de métodos, no es un instrumento
para la consecución de un fin que esté fuera de sí. Utilizando una frase de
Ida Dominijanni «es, más bien, acto significante, generador de sentido y
de efectos reales en su acaecer y en el contexto en el que acaece» [2]. Con palabras idénticas se dejarían definir las prácticas antimilitaristas.
Sobre la crítica de la razón instrumental, de la concepción estratégica que
orienta la política tradicional y el pensamiento bélico, se asientan las acciones
y los discursos antimilitaristas, edificados al margen de la dinámica del dominio
y el enfrentamiento. Y también las interpretaciones de muchas feministas. Ambas
propuestas, feminista y antimilitarista, rechazan las relaciones jerárquicas,
impositivas y violentas con las que desde el poder se pretende estructurar la
sociedad y construyen sus propias formas de relación, extrañas a la estrategia
del poder.
Pero a pesar de esa certeza, yo quería asomarme al pasado
más reciente del feminismo antimilitarista en el Estado Español, tan escasamente
nombrado; conocer si han sido pocas o muchas las mujeres que han establecido
esa vinculación que algunas feministas y antimilitaristas continúan considerando
evidente. Tras mi búsqueda (no demasiado exhaustiva) por las hemerotecas, no
puedo decir cuántas han sido, ni siquiera cuántos grupos ha habido, pero sí
certificar la presencia, durante los últimos veinte años, de mujeres que decidieron
llamarse a si mismas «feministas antimilitaristas»;
una presencia, por cierto, bastante mayor de lo que yo sospechaba.
Como tantas veces ocurre, la ausencia de una mirada femenina
con la que contemplar el pasado se traduce en olvido Y durante los últimos diez
años, las pocas veces que ha aparecido alguna noticia relacionada con el antimilitarismo
en los medios de comunicación, ha girado en torno a la insumisión, a la negativa
de los jóvenes a cumplir con las obligaciones militares impuestas por el estado. Aunque han sido
muchas las mujeres que han participado en esta campaña de desobediencia civil
[3], los únicos protagonistas reconocidos -a veces incluso
en las propias organizaciones antimilitaristas- han sido los jóvenes en edad
militar.
Afortunadamente, existen suficientes materiales escritos
que dan cuenta, aunque sea aproximadamente, de cuál ha sido la implicación de
las mujeres en el trabajo por la paz y la desmilitarización de la sociedad.
Al elegir un período que abarca aproximadamente veinte años,
desde finales de los setenta hasta ahora y documentarme con publicaciones de
un entorno para mí conocido y cercano, principalmente de Madrid y Barcelona,
me proponía rescatar la memoria para mí más próxima. Pretendía recomponer de
esta manera fragmentos de un pasado casi inmediato, y aun así prácticamente
desconocido en el que anclar experiencias presentes.
Una característica común a casi todos los textos que he
consultado es esta forma de acercarse a la historia, convirtiéndola en una memoria
propia de las mujeres. Las mujeres analizan su presente midiendo su labor con
la de otras mujeres, contemporáneas suyas o del pasado. Son numerosos los textos
en los que se hace referencia a las iniciativas que a lo largo de la historia,
desde el feminismo organizado, desde su capacidad para animar y cuidar la vida
o desde el dolor de las víctimas, han llevado a cabo las mujeres para ahuyentar
la violencia y hacer posible la libertad. Como si de mujer a mujer, de generación
a generación, se hiciera necesario recordar esos lugares de experiencia femenina
ajenos a los mecanismos patriarcales, a la determinación de las relaciones de
poder. Como si una de las más importantes tareas fuera conservar la memoria
de aquellos espacios en los que «la especificidad
de lo humano reside en saberse parte de la especie de los nacidos y no en la
capacidad de dar muerte que ha llevado a los hombres a conceptualizar la especie
humana como la especie de los mortales y a utilizar la guerra como método supremo
para resolver conflictos» [4].
1.
Prácticas feministas-prácticas antimilitaristas. ¿Una vez que está en el mundo,
sigue viviendo el pensamiento en otro? [5]
1.1. Feminismo-Antimilitarismo
El militarismo ha sido definido como la invasión por parte
del poder militar de otras esferas de la sociedad con intención de controlar
la vida y el comportamiento de las personas. Desde una perspectiva más amplia,
es considerado como un fenómeno social presente en las relaciones económicas,
políticas e ideológicas que tiene su origen en la aplicación de lo militar al
conjunto de la vida civil; la utilización de la violencia como recurso, la disciplina,
la jerarquización, la uniformidad, la sumisión, el machismo, la xenofobia, son
valores militaristas que impregnan toda la sociedad. En la medida en la que
los hombres son habitualmente los detentadores del poder, de la fuerza y de
las armas, el militarismo sitúa a las mujeres en un papel de subordinación respecto
a ellos.
El militarismo prácticamente no se distingue del patriarcado
si atendemos a la definición que del segundo acuñaron las feministas norteamericanas
de los años setenta y que para muchas feministas continúa vigente. El patriarcado
fue entonces explicado como un sistema de dominación de los hombres sobre las
mujeres y de los primeros sobre otros más jóvenes que se apoya en
la existencia y la utilización de la violencia [6].
Tanto el militarismo como el patriarcado refieren a un ámbito
de la realidad en el que lo que prima es el dominio y el poder sobre la otra
o el otro. A ambos sistemas, militarista y patriarcal, los sostienen el deseo
de poder y conservación del mismo mediante la fuerza. Frente a la realidad
que conforman estos sistemas de dominación regidos por la ley del más fuerte,
feministas (aunque no todas) y antimilitaristas (si es que realmente cabe
la distinción) apuestan por una realidad en la que la violencia no es inevitable,
porque en ella no es significativa la voluntad de poder. Proponen y crean nuevas
formas de hacer, nuevas formas de relacionarse entre los humanos que hacen posible,
aunque sólo sea imaginar, un mundo del que están ausentes la violencia, las
desigualdades sociales y todas las formas de explotación.
Como ya apuntaba, no todas las interpretaciones que se han
hecho del mundo desde el pensamiento feminista se reconocen en esta estrecha
y para mí indisoluble relación entre militarismo y patriarcado.
Parte del feminismo justifica sus prácticas con la necesidad
del levantamiento de un contrapoder capaz de combatir un poder al que llama
patriarcal, asumiendo así la posibilidad de existencia de un poder que no lo fuera. Y existe también una parte del pensamiento feminista, obviamente
el de carácter más institucional, que reivindica su participación en estructuras
de poder, haciéndose a veces cómplice de la violencia institucionalizada. Y
aunque no ha sido ésta una reivindicación sentida o planteada nunca por el movimiento
feminista, no han faltado las mujeres que amparándose en la necesidad de un
poder compartido entre hombres y mujeres y apelando a la igualdad, han reclamado
como un «derecho» la posibilidad de que las mujeres se integren en los que Petra
Kelly llamaba «excrecencias patriarcales»: los ejércitos [7].
Creo absurdo pretender que el pacifismo o el antimilitarismo,
expresión más activa y radical del primero, sea un atributo natural a las mujeres. Hay suficientes ejemplos en la historia que demuestran lo contrario [8].
Aunque es cierto que el sentido de la maternidad ha acercado a muchas mujeres
a posicionamientos pacifistas, también lo es que otras se muestran dispuestas
a «dar sus hijos para la guerra». No existe un papel predeterminado por su «condición
femenina». De manera que me muestro de acuerdo con Berta Von Suttner cuando
en 1914 escribía al Movimiento de Mujeres por la Paz de Alemania:
«Alguna gente cree que las mujeres
son hostiles a la guerra por naturaleza. Están en un error. Sólo las mujeres
progresistas, aquellas que han sido capaces
de educarse a sí mismas en una conciencia social,
que han tenido la fuerza de no dejarse fascinar por instituciones con centenares
de años, encuentran también la energía para oponerse a ellas» (el subrayado
es mío). [9]
Sin embargo, sí es cierto que tradicionalmente las mujeres
han estado alejadas del uso de las armas y la vida militar y que hay momentos
en los que se constituyen en fuente de valores alternativos a los de la muerte
y la violencia. La experiencia de la maternidad, su pretendida debilidad, y
la exclusión de los aparatos de poder han sido la causa de que en la guerra
en su mayoría hayan sido calificadas como «no-combatientes». Han sido los hombres
los que han tenido que preparase para hacer la guerra, para la destrucción de
cuerpos y relaciones de la obra materna [10]. A las mujeres
-que en los discursos patrióticos se convierten, junto a niños y niñas, «en
símbolos de todo aquello que hay que proteger y, por lo tanto, por lo que hay
que luchar» [11]-, les corresponde sufrir las consecuencias
de esta violencia organizada que, incluso cuando se muestren de acuerdo en alentarla,
no suelen ejercer directamente ellas.
Durante las guerras, la lógica militar se expresa plenamente
y el patriarcado pone en juego su total ilusión de omnipotencia, de dominio
absoluto sobre el mundo, el saber y la vida. Sin embargo, el alejamiento de
las armas que el propio patriarcado ha prescrito a las mujeres, les permite
a ellas seguir alimentando, incluso en medio del caos, un ámbito
de la realidad no mediado por la guerra. Un espacio en el que continúan haciéndose presentes las
prácticas de creación y recreación de la vida. Aunque eludir la destrucción
y la muerte sea la tarea más inmediata en una guerra, son frecuentes las imágenes
que hasta nosotras llegan de países y territorios en conflicto en las que aparecen
mujeres intentando reconstruir una vivienda en medio de los escombros, tendiendo
la colada en un campamento de refugiados, amamantando a una criatura o mostrando
con lágrimas su incapacidad para aceptar el horror. [12]
Frente a la experiencia histórica de las mujeres en los
conflictos bélicos y en un mundo mediatizado por el poder de las armas -además
de denunciar, lamentar y trabajar para que dejen de ser las primeras víctimas
de la violencia-, caben infinitas opciones. Dependen de la naturaleza del conflicto
y, sobre todo, de la voluntad de las propias mujeres.
La opción por la que se han inclinado las mujeres que a
lo largo de la historia se han manifestado como hostiles a la guerra a los sistemas
que la sustentan, ha sido convertir la exclusión en algo deseable, en una ventaja.
Alison Assiter, una de las autoras de
Antes Muertas [13], un libro que recoge diversos artículos escritos por mujeres como respuesta a
la amenaza nuclear que se cernía sobre el mundo en los años ochenta, lo expresaba
de la siguiente manera:
«Las mujeres situadas fuera del ejército conservan unas
libertades que les son negadas a los hombres, entre ellas la libertad de pensar
por su cuenta, de resistirse a la autoridad y de pensar como individuas».
«Para que vea,
señor, que esta sociedad de las extrañas tiene las mismas finalidades que
su sociedad, igualdad, libertad y paz. Pero esta sociedad pretende avanzar
por los medios que un sexo diferente, unas diferentes tradiciones, diferente
educación y valores diferentes han puesto a nuestra disposición [14]».
Quizá sea este extrañamiento del poder y de las instituciones
armadas la causa de que las mujeres no hayan utilizado nunca armas destructivas
para la conquista de sus libertades políticas. Característica que parece común
a feminismos de diferente signo, independientemente de cuáles hayan sido los
contenidos de sus reivindicaciones y de sus propuestas.
Si hacemos un recorrido desde los comienzos de la lucha
por los derechos civiles de las mujeres hasta ahora, desde el inicio de lo que
se conoce como «feminismo organizado», podemos encontrarnos manifestaciones,
huelgas de hambre, encadenamientos, autoinculpaciones y hasta piquetes, sabotajes,
roturas de cristales e incendios. Pero ni el más beligerante y reivindicativo
de los feminismos se ha servido nunca de la destrucción del otro para la obtención de sus objetivos. Kate Millet recordaba que las sufragistas recurrieron en la mayor
parte de los casos a procedimientos pacíficos y que «hasta en los momentos de
mayor virulencia, tanto las sufragistas inglesas como las americanas se ensañaron
contra la propiedad, y no contra las personas» [15]. Así
lo certifican las palabras que pronunció en 1912, a la salida de la prisión,
Emmeline Pankhurst, creadora de la Unión Social y Política
de las Mujeres, una de las organizaciones británicas de signo más radical:
«Señoras y señores, la única temeridad
que las sufragistas militantes han demostrado en torno a la vida humana ha
sido respecto a sus propias vidas y no a las vidas de los demás, y diré aquí
y ahora que nunca ha sido ni será una política de la Unión Social y Política
de las Mujeres poner en peligro de forma imprudente la vida humana. Dejamos
esto para el enemigo. Lo dejamos para los hombres en sus guerras. No es este el método de las mujeres» [16].
Ni siquiera en las épocas en las que la violencia revolucionaria
contaba con mayor número de adhesiones y parecía indefectiblemente unida a cualquier
movimiento de liberación, las mujeres, organizadas como tales, han optado por
la lucha armada. El campo de batalla de la revolución sexual, explicaba también
Kate Millet,
abarca en mayor grado las conciencias que las instituciones. Y
la violencia no ha sido nunca buen método para desplazar
una mirada.
Son muchas las lecturas que de la historia del feminismo
se han hecho que culminan con la conquista de una parcela de poder. Pero caben
también otras interpretaciones. Y es posible comprender así que el verdadero
cambio social ha tenido que ver con la capacidad para anular las puertas que
separaban lo público de lo privado y para intuir o definir como políticas las
relaciones con los hombres y con las demás mujeres. Las feministas nombraron
lo personal como político; y la política la hacen las personas, no «agentes
sociales» que se muevan a capricho del poder.
Por el mero hecho de querer construir juntas, sirviéndose
a sí mismas como referencia, las mujeres han actuado de una forma no prevista
por el patriarcado. Gran parte de la potencialidad del feminismo consiste en
la capacidad de las mujeres para crear una realidad distinta a partir de sí
mismas, sin necesidad de emplazar sus esperanzas al futuro porque con el mero
hecho de actuar están transformando su presente.
La historia del movimiento feminista también lo es de un
movimiento antimilitarista. No está hecha de batallas y mártires, ni siquiera
de heroínas. No ha habido ni hay necesidad de sacrificar vidas al futuro, porque
actuar escuchando el propio deseo es ya hurtarle espacio a un orden sustentado
por las armas y el temor a la muerte que niega los espacios en los que es posible
la libertad a las mujeres. Espacios que, sin embargo, ellas han conquistado
concediéndose a sí mismas la libertad de crearlos y ocuparlos.
Aunque es larga, quiero terminar este apartado con una cita
que además de recoger algunas de las cosas que he intentado decir, podria ser suscrita por muchas y muchos antimilitaristas
aunque jamás hubieran escuchado la palabra «feminista»:
«Tal vez sea el momento de recordar
que la revolución realizada por el pensamiento femenino no deja detrás un
mundo destruido, que nos obligaría a seguir avanzando. La revolución del pensamiento
sexuado posee una irreversibilidad lógica, en tanto que forma de pensamiento
que supera la de un pensamiento neutro- masculino. Y también contiene elementos
constringentes en cuanto a la condición humana del sexo femenino. Pero no
posee la necesidad histórica que se atribuye, tal vez erróneamente, a las
revoluciones sociales y que éstas quizá se atribuyen al destruir el mundo
preexistente. Las revoluciones sociales destruyen para obligar a pensar lo
nuevo. Pero a la revolución del pensamiento femenino no le sirve destruir
porque lo nuevo que hay que pensar es una diferencia y lo que la diferencia
hace concebible para el conocimiento y gobierno del mundo. La subversión atañe
al modo en que las cosas se combinan entre sí, esto es, a su sentido. Hay
combinaciones nuevas que quitan sentido a la realidad dada y de este modo
la cambian, deteriorándola. En esta operación, toda la violencia se concentra
en el acto de pensar y aplicar las nuevas combinaciones, contrastándolas con
las que la realidad dada presenta como las únicas dotadas de sentido y de
valor. La destrucción física no tendría la misma eficacia, porque hay combinaciones
que, pese a haber sido destruidas, conservan su sentido y podemos tener la
certeza de que reaparecerán» [17].
2. 1979-1999. La paz es demasiado importante como para dejarla en manos
de los militares. [18]
He optado por dividir esta parte del trabajo, en principio
dedicada a recordar la labor de las feministas antimilitaristas durante los
últimos veinte años en dos secciones; cada una de ellas abarca aproximadamente
unos diez años.
Las razones, sin embargo, no han sido solamente temporales.
Por una parte, ha habido razones técnicas (o quizá fuera mejor decir prácticas).
Aunque hay etapas que están mejor definidas, intentar trazar una línea cronológica
que registre paso a paso las reflexiones y actividades de las mujeres antimilitaristas
es prácticamente imposible con el material que he encontrado.
Y también ha habido razones de contenido. Los años ochenta
se iniciaron en el contexto de la guerra fría, bajo la amenaza de la guerra
nuclear de la que prácticamente había dejado de hablarse ya al final de la década
(en Europa al menos). El primer referente bélico de los noventa fue la televisada
Guerra del Golfo. El segundo fue mucho más cercano, tanto cultural como geográficamente:
comenzaron los conflictos armados en la ex-Yugoslavia, aquí mismo, a las puertas
de casa.
Durante los años ochenta son muchos los grupos feministas
que se pronuncian públicamente contra la militarización social y apelan a la
necesidad de unos valores distintos con los que edificar una cultura de paz.
En los noventa, parecen haber desparecido muchos de esos grupos, o al menos
haber adoptado otras formas de trabajo alejadas de un modelo de «militancia»
más frecuente en la época anterior; se pierde en «activismo», pero se profundiza
en el discurso del feminismo de la noviolencia, a la vez que se van haciendo
más patentes las consecuencias de las guerras.
No ha sido la de la ex-Yugoslavia una guerra más real, ni
más dolorosa que otras muchas, pero por su proximidad ha tenido un mayor impacto
en nuestras vidas. En esta guerra, además, ha podido escucharse con claridad
la voz de las mujeres negándose a ser reducidas a las categorías de agresoras
o víctimas. En un marco político (de la política de los gobiernos) muy diferente
al de los diez años anteriores, las mujeres han ido tejiendo una red de nudos
diversos desde la que seguir trabajando el antimilitarismo y el feminismo de
la noviolencia [19]. Construyendo «a través de la amistad,
confianza, y solidaridad, la política alternativa de las mujeres, una visión
alternativa del mundo como visión de una realidad mucho más sincera y duradera
que todos los papeles. Y que todos los acuerdos interestatales.» [20].
2.1 1979-1991
Antes de centrarme específicamente en la aportación de las
mujeres antimilitaristas durante esta década, quería hacer una breve introducción
«histórica» que, aunque no sea muy rigurosa, sirva al menos para reflejar el
contexto en el que brotaron las inquietudes antimilitaristas de la época.
Los primeros ochenta se caracterizaron por el recrudecimiento
de la guerra fría entre las dos grandes potencias, Estados Unidos y la Unión
Soviética. Los estrategas de ambos bloques se entregaron con renovadas fuerzas
a la «política de la disuasión» («de la histeria colectiva y el chantaje» la
llamó Petra Kelly [21]): el miedo de una superpotencia a
la capacidad armamentística de la otra era el
mejor garante de la paz. En 1979, la OTAN anunció para 1983 el despliegue de misiles Crucero y Pershing II
en Europa Occidental. Europa se convertía en campo de batalla en el contexto
de la guerra fría y la estrategia nuclear. La amenaza nuclear y el despegue
de la carrera de armamentos fueron el blanco de las denuncias de un creciente
movimiento pacifista. En otoño de 1981, se reunieron unas 250.000 personas en
una manifestación por la paz en Bonn y se celebraron manifestaciones similares
en otras capitales europeas [22]. En Londres, el grupo de
Mujeres por la Paz organizó en 1982 una manifestación que consiguió convocar
a treinta mil personas en contra de la instalación de los misiles Cruise en
la base americana de Grennham Common.
Un numeroso grupo de mujeres se instaló en un campamento
permanente en torno a la base durante casi ocho años. Las acciones de las mujeres
a favor de la paz se sucedieron durante este año [23]. En
1982, mujeres nórdicas convocaron la Marcha de Mujeres por la Paz: trescientas
mujeres marcharon en dirección oeste desde Oslo hasta París y desde Estocolmo
hasta Minsk en contra de las armas nucleares, por el desarme y
la paz. Y la experiencia de los campamentos de Greenham Common se
convirtió en un ejemplo que imitaron mujeres de todo el continente.
Las movilizaciones del pacifismo europeo tuvieron eco en
el Estado Español. El ingreso de España en la OTAN en 1981,
que además de un posicionamiento en la contienda de
las dos superpotencias suponía un incremento considerable de los presupuestos
militares, fue referente de lucha para muchos grupos. No todos los colectivos
que se erigían como abanderados de la paz eran antimilitaristas y el discurso
militarizado de la guerra fría impregnaba a muchas organizaciones de izquierda,
pero las movilizaciones en contra de la pertenencia de España a la OTAN (conferencias,
manifestaciones, folletos, libros...) sirvieron también para cuestionar el esquema
de confrontación Este-Oeste, el incremento de los gastos militares y la influencia
de lo militar en la vida civil. En 1986,
los partidarios de abandonar la OTAN
perdieron el referéndum en el que la población debía decidir sobre la permanencia
del país en la organización militar. Pese a que cerca de un cuarenta por ciento
del electorado había mostrado con su voto la voluntad de abandonarla, la pérdida
del referéndum conllevó la desintegración de muchos colectivos que habían concentrado
en él tantos esfuerzos como esperanzas. Los grupos de orientación pacifista-antimilitarista,
continuaron su habitual línea de trabajo con temas como el derecho a la objeción
de conciencia, los gastos militares, la educación para la paz... Tras la caída
del muro de Berlín (en 1989) tuvieron
ocasión de reunirse nuevamente en la calle con otros colectivos con motivo de
la Guerra del Golfo en enero de 1991,
en un mundo en el que la polarización Este-Oeste había
dejado de tener sentido, pero del que no habían desaparecido ni la violencia
ni los conflictos bélicos.
Durante esta década se asistió en España a un cierto declive
del feminismo organizado como tal (que no del feminismo). Tras las primeras
jornadas feministas celebradas en 1975, en las que primaban los presupuestos
de clase y la asimilación del modelo emancipatorio socialista para la liberación
de la mujer, se fueron abriendo paso otras formas de entender el feminismo de
corte menos igualitario. En las Jornadas Feministas de Granada de 1979, se habló ya del «feminismo de la diferencia», una propuesta de revalorización
de la identidad y los valores femeninos que invitaba a una práctica política
en la que las mujeres dejaran de ser pensadas únicamente como militantes. Para
1982, existía una gran dispersión de grupos y organizaciones. Las instituciones, y
también sindicatos y partidos, comenzaban a incorporar a sus programas «la cuestión
de la mujer» [24]. En algunos departamentos y centros de
investigación universitarios comenzó a hablarse de feminismo y la sensibilidad
feminista parecía diluirse entre mujeres que no estaban asociadas a ninguna
organización o partido [25].
Fue principalmente en el feminismo que ofrecía la posibilidad
de hacer de la política una práctica distinta donde encontraron acomodo las
acciones y discursos de las mujeres antimilitaristas. De hecho, incluso mujeres
más próximas a planteamientos de carácter igualitario, cuando abordaron la temática
específicamente antimilitarista reclamaron una «igualdad diferente» [26].
En las primeras publicaciones feministas editadas tras la
muerte de Franco, eran frecuentes los análisis sobre la violencia contra las
mujeres: malos tratos, tortura, cárceles, muertes por abortos clandestinos...
Las mujeres ocuparon la calle para reclamar la despenalización del aborto,
del adulterio y del uso de los anticonceptivos. Y decidieron hacerse oír mediante
encarteladas, autoinculpaciones, manifestaciones y todo tipo de publicaciones [27].
La consideración de la violencia como elemento inseparable
del patriarcado fue posteriormente integrada en un discurso antimilitarista.
El rechazo de la fuerza y la opresión patriarcal fue uno de los eslabones con
las que las feministas vincularon su discurso con el del movimiento por la paz.
La inclusión de la experiencia de las mujeres acerca de la violencia permitía
trascender los límites a los que habitualmente se ceñía la palabra «guerra»
[28]. Esta visión engarzaba con el concepto amplio de militarismo utilizado por los grupos antimilitaristas,
para los que, como ya he expuesto más arriba, lo militar no se reduce a la vida castrense, sino que se extiende a todo sistema sustentado por
la lógica de la dominación y la confrontación que da primacía ala fuerza como
método para la resolución de conflictos.
Frente a la cultura de la violencia predicada por el patriarcado,
encarnada en aquel momento en el enfrentamiento Este-Oeste, las mujeres intentaron
desvincularse de «esa desquiciada carrera hacia la muerte» en una decidida apuesta
por la vida que se convertia en fundamento
de su política. «El feminisme», dice el primer
manifiesto del Comité Dones Feministes Anti-OTAN, «és un sistema de vida que, a llarg termini, pot canviar la manera de viure d’homes i dones, és a dir, de la societat. Per tant, es planteja el tema de l’antimilitarisme
i reivindica la vida enfront de la mort o qualsevol forma d’agressió que pot ésser pitjor que la mateixa mort» [29].
«Mujer y ejército», «Gastos militares y sus repercusiones
sociales», «Consecuencias de la militarización de la sociedad», «¿Por qué paz
debemos luchar las mujeres?», «Educación para la paz», «Relaciones del Movimiento
Feminista con el Movimiento Pacifista», estos temas que enumeraba la comisión
antimilitarista de la Plataforma Autónoma Feminista de Madrid [30]
fueron los que mayoritariamente ocuparon a feministas antimilitaristas a lo
largo de estos años.
Trabajar el antimilitarismo no consistía, sin embargo, en
sumar temas nuevos a la agenda feminista, sino en cuestionar el militarismo
desde la perspectiva que ofrece la forma de hacer política de las mujeres:
«No solamente
debemos entender por paz la lucha reivindicativa de unos aspectos militares
que tienen, desde luego, mucha importancia a un nivel individual, sino también
una lucha ideológica, una forma de cambio social reivindicando cambios en
el comportamiento cotidiano de las relaciones hombre-mujer, una lucha de liberación
individual, de aprendizaje de la solidaridad, una recuperación del poder personal
tan ampliamente delegado en nuestros "representantes" a todos los
niveles. Es a nivel de este tipo de lucha personal y diaria donde entronca
la lucha feminista en el movimiento pacifista. De siempre el Movimiento Feminista
ha hecho de la lucha personal una lucha política» [31]
Lejos del ideal mimético de igualdad, las mujeres antimilitaristas
se negaban a copiar al hombre, preferían crear, buscar a partir de sí mismas
nuevas formas de ser y de vivir, de responder a lo que ellas consideraban injusto.
La no-violencia no era una alternativa la guerra, sino la manera de transformar
el mundo protegiendo unos valores diferentes a los que propugnaban los sistemas
militarizados. Para ello, era necesario cambiar también la forma de comprender
la política:
«abordar lo público
a nuestra manera significa hacer un trabajo básicamente diferente, en el que
no se separe la forma de hacer de los objetivos que queremos conseguir. En
el que se fundan la utopía con un comportamiento y una práctica cotidiana.
Que conforme unas relaciones coherentes con nuestras ideas y un modelo de
vida diferente (...) En este sentido y como mujeres, reivindicamos la incorporación
de la vivencia, la unión del sentimiento y la razón al mundo de la argumentación
y la expresión. como elemento que ayuda a conformar una apreciación más completa
del ser humano y una praxis más humana (...) y no sólo la aceptación de la
diversidad, sino su potenciación como factor enriquecedor del movimiento por
la paz» [32]
En los mismos términos se encaró el debate sobre la incorporación
de las mujeres al ejército. Las puertas de las fuerzas armadas se abrieron para
las mujeres al comienzo de la década. En 1980 se anunció por ley la posterior
regulación de la incorporación de las mujeres a la «defensa nacional» y el 23
de febrero de 1988 se publicó en el Boletín Oficial del Estado el decreto que
dio inicio al programa de acceso de las mujeres a diferentes cuerpos del ejército.
La respuesta de las mujeres feministas y antimilitaristas a un decreto cuya
salida estaba ya prevista fue el desarrollo de una campaña en contra de la incorporación
bajo el lema «Con nosotras que no cuenten»:
"Nosotras
-explicaba el grupo de Mujeres Antimilitaristas del MOC- defendemos una confluencia entre la filosofia antimilitarista y el feminismo de la diferencia (...) No deseamos identificarnos
con el hombre, ni competir con él (...) [habiendo de dejar] de lado los modelos
y puntos de referencia masculinos, que especialmente en el caso de los ejércitos,
tanto por su forma, como por su fondo y función no hacen sino impedir el verdadero
desarrollo de nuestra condición de personas y sobre todo de nuestra especificidad
de mujeres» [33]
Y a la misma diferencia aludieron las mujeres de Ca la Dona
para fundamentar su denuncia a la Guerra del Golfo:
«ens presenten una
guerra "fantasma", sense imatges, una guerra entre governs, entre estrategs i militars, una guerra abstracta.
negant-nos el coneixement
del món privat. Tornem a dir que no volem ésser iguals que els
homes que maltraten, violen. exploten... Que no
volem ésser iguals que els homes que dirigeixen els exèrcits invasors, siguin de la bandera que siguin, aquets
governants que, tot refugiant-se en les paraules "llibertat"
i "democràcia",
porten els pobles al genocidi més ignominiós» [34]
A partir de 1983, año en el que se celebraron las primeras
Jornadas de Mujeres por la Paz fueron muchas las acciones que en la calle
se llevaron a cabo (además de reuniones, charlas, talleres y otras tantas actividades
de carácter menos público). En 1984, respondiendo a un llamamiento de las mujeres
de Greenham Common en el que convocaban a celebrar
acciones por la paz bajo el lema: «En el pasado los hombres abandonaron las
casas para ir a la guerra. Ahora las mujeres dejamos la casa para construir
la paz», se hicieron acampadas en Asturias, Barcelona [35], Canarias, Madrid, Zaragoza... [36]
En 1985, coincidiendo con el 24 de mayo (desde 1982 Día de las Mujeres
por la Paz y el Desarme) las mujeres de DOAN organizaron un tren lleno de mujeres
(acudieron cerca de mil) que se manifestaron contra la instalación de una academia
militar femenina en Tortosa. Las mujeres de
Euskadi se concentraron en Eibar alrededor de la fábrica de armas STAR en 1986.
Durante los años siguientes, continuaron haciéndose actos en torno al veinticuatro
de mayo. En 1991, en diferentes ciudades de España se organizaron cadenas de
mujeres contra la Guerra del Golfo [37].
Desde uno de los campamentos por la paz que montaron las
mujeres inglesas, explicaba Maggi Lowry:
«No me encuentro
aquí solamente porque no quiero que mis criaturas vivan bajo la amenaza de
un holocausto nuclear, ni en busca de una oportunidad de vivir al margen del
flagrante sexismo que me agredía en las calles de una bulliciosa ciudad. Estoy
aquí porque me encoge el corazón pensar en la enorme locura de los hombres
que se han dedicado a planificar la guerra en todos los tiempos. El tiempo
es demasiado corto para perderlo reflexionando interminablemente sobre la
inmensidad de la tarea que nos aguarda, y las mujeres tampoco podemos desperdiciarlo
sintiéndonos impotentes» [38].
2.2. 1992-1999. La respuesta creativa
no está en aceptar la guerra, sino en burlarla [39].
No creo que ninguna de las mujeres que han optado por el
feminismo antimilitarista como una forma de mirar hacia el mundo se crea capaz
de detener una guerra. Pero su comprensión del mundo les permite romper con
los valores que las perpetúan. Y demostrar, frente a la impotencia que genera
el ejercicio de la violencia, que la mejor manera de impedir que paralice nuestras
vidas es practicar un poder que no tiene que ver con el dominio sobre los demás,
sino con la posibilidad de compartir y la capacidad de hacer cosas.
Quizá sea porque el feminismo había atravesado ya el umbral
de la academia, camuflado o mutilado en los estudios sobre «La Mujer» y «El
Género», y la universidad fue convirtiéndose en el ámbito de creación y divulgación
de gran parte del pensamiento de las mujeres, pero el caso
es que de estos años, sobre todo los primeros noventa, no he encontrado
la diversidad de revistas que daban cuenta de idéntica pluralidad de colectivos
de mujeres durante los ochenta. Sin embargo, al igual que ocurre con otros muchos
temas relacionados con el feminismo, en los noventa son muchos más los libros
que abordan el problema de la violencia contra las mujeres, tanto en
la vida cotidiana como en la guerra, y también los puntos
de vista desde los que se contempla.
Respecto a la etapa anterior, se han producido en ésta dos
cambios fundamentales que afectan al trabajo de las mujeres antimilitaristas.
Por una parte, la visibilidad de la violencia contra las mujeres, de una violencia
específica cuyo más doloroso referente es la utilización de las violaciones
masivas como arma estratégica en las guerras. La aparición del informe de Amnistía Internacional, Mujeres
en Primera Línea, Violaciones de Derechos Humanos contra las Mujeres
en el que se analiza por primera vez las violaciones
de derechos humanos que sufren las mujeres, podría ser considerado un hito en
este camino hacia la visibilización. Y por otra, el reconocimiento de la capacidad
de respuesta de las mujeres frente al dolor. Tras entrevistar a doscientas mujeres
que han vivido en territorios en guerra con el fin de transmitir sus experiencias,
las autoras de Armas para Luchar, Brazos para Proteger, concluían:
«A pesar de las
palabras estremecedoras llenas de dolor y desilusión -y de las espeluznantes
historias de brutalidad y traición-, la imagen dominante que nos dan estas
mujeres es la de un gran poder de recuperación. Aunque fueron víctimas de
la guerra de maneras muy diversas, no eran indefensas, sino activas y llenas
de recursos, con reservas de energía e ingenio para mantener y proteger a
sus familias, así como para no ceder a la desesperación» [40].
El feminismo antimilitarista ha accedido a un conocimiento
casi directo de lo que para las mujeres suponen las guerras a través de los
testimonios de otras mujeres, estas sí, testigos presenciales de conflictos
armados. Ha descubierto a mujeres que se niegan a plegarse a la identidad que
les asignan en las guerras. Muchas han perdido a seres queridos, relaciones
familiares, amistades y todo tipo de bienes. Otras han sido violadas o han tenido
que abandonar sus casas y sus ciudades. Pero no quieren ser reconocidas como
víctimas, violadas o refugiadas.
No sé si es una idea un tanto aventurada, pero tengo la
sensación de que, sobre todo a partir de la guerra en la ex-Yugoslavia, han
sido las mujeres de los países que han padecido conflictos armados las que parecen
haber prestado su voz a las que estaban fuera. La mayor parte de los artículos
que se han escrito sobre las mujeres y la paz durante estos años tienen como
protagonistas a las Mujeres de Negro de Belgrado, a los grupos de mujeres Croatas,
a las madres chechenas... Son las respuestas, las prácticas de estas mujeres
las que parecen haber alimentado la reflexión de otras en circunstancias aparentemente
más propicias para la producción intelectual.
Ese es el motivo por el que me he planteado ceñir esta sección
del trabajo a la guerra de la ex-Yugoslavia. Y para empezar, al igual que hice
en el apartado anterior, intentaré resumir en unas cuantas líneas varios años
de un conflicto al que desgraciadamente todavía no se adivina un final definitivo.
Al principio de la década de los 90, estalló en Europa
el primer conflicto militar abierto desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
En un proceso que se había ido gestando o durante décadas, y en medio de una
crisis económica generalizada, la estructura de la federación Yugoslava estalló
víctima de tensiones nacionalistas internas. Durante la segunda mitad de los
ochenta, la versión agresiva del nacionalismo serbio liderada por el antiguo
dirigente comunista Slobodan Milosevic consiguió demoler paulatinamente la estructura
político-jurídica de la federación, ayudado por el nacionalismo no menos agresivo
del croata Tudjman. Durante 1991 la guerra asoló diversos territorios
de Croacia, pero fue a partir del año siguiente cuando alcanzó especial virulencia
en la recién proclamada República de Bosnia-Herzegovina. A finales de 95, el conflicto balcánico alcanzó una fase de interrupción
-que se revelaría como provisional- con la llamada paz de Dayton. Hasta ese
momento, la guerra se había cobrado cientos de miles de muertos y un masivo
caudal de refugiadas y refugiados bosnios, croatas y serbios, víctimas de la
política de limpieza étnica. A principios de 1998, el gobierno de Milosevic desencadenó
un segundo proceso de limpieza étnica contra la población albanesa de la antigua
provincia serbia de Kosovo, que
sería contestado con una intervención militar de la OTAN durante la primavera
de 1999.
El patriotismo y la unidad nacional se han convertido durante
este tiempo en valores supremos en la ex-Yugoslavia. El imaginario patriótico
situa a las mujeres como símbolo de la nación, considerando el de la reproducción
su deber máximo para con el estado. Stasa Zajovic, de Mujeres de Negro de Belgrado,
lo expresaba así:
«En tal clima
de regresión espiritual y social. el discurso patriarcal de la degradación
de la mujer aboga por el siguiente modelo de identificación: mujer-madre-nación
= patria-guerra-muerte, llegando así a lo que se considera como esencia del
discurso fascista: madre-muerte al mismo tiempo (...) A las mujeres se les
asigna el papel de convertirse en las madres de la nación "Serbia-madre
nuestra", "Croacia-madre nuestra" -reproducir, criar
a los hijos-carne de cañón- para ofrendarlos a la patria» [41].
De hecho, llegó a elaborarse un proyecto de planificación
demográfica para Serbia que pretendía impulsar una política pro-natalidad en
las zonas en las que la tasa de natalidad era desfavorable para los serbios
y políticas anti-natalidad en regiones como Kosovo, donde
la tasa de natalidad de las mujeres albano-kosovares era muy superior a la de
las mujeres serbias.
El intento de control y dominio sobre la sexualidad de las
mujeres ha alcanzado en la ex-Yugoslavia su forma más cruel mediante la utilización
de la violación como instrumento de guerra. Se estima que fueron alrededor de
60.000 las mujeres violadas en Bosnia-Herzegovina [42].
Aunque las violaciones en masa y la tortura sexual de las
mujeres no son un fenómeno nuevo, sí ha sido una de las primeras veces en la
que se ha convertido en tema de discusión durante un conflicto. Son muchas las
explicaciones que se han intentado dar a lo ocurrido. Las violaciones han sido
consideradas como parte de los efectos colaterales de la guerra, como expresión
del odio a la femineidad sobre el que se construye la sociedad patriarcal; como
arma destinada a afectar a la cohesión cultural del pueblo enemigo mediante
la destrucción de sus mujeres, como una forma simbólica de colonización... Para
mí no es posible dar una respuesta. Es cierto que ha sido una estrategia deliberada
por parte de los "agresores", pero también que hay algo que la convierte
en un tipo de agresión peculiar. Algo que tiene que ver con las relaciones entre
hombres y mujeres y que impide que la violación sea comparada, por parte del
pueblo al que supuestamente se pretende agredir en el cuerpo de sus mujeres,
a cualquier otro tipo de mutilación, humillación o herida en las que la sexualidad
no se signifique de manera tan acusada. Y es cierto también que, a pesar de
la utilización que de ellas ha pretendido hacer la propaganda bélica, muchas
mujeres han preferido guardar silencio o crear sus propios espacios para expresar
y compartir su dolor, a que falsos e indignados benefactores intentaran usurpar-les
toda una vida resumiendo su pasado y su futuro al momento en el que fueron violadas.
Sin embargo -y aunque muchos grupos de mujeres han estado
exigiendo durante estos años que la violación sea tipificada como crimen de
guerra-, no ha sido el dolor de la guerra el que mayor impacto ha tenido en
los colectivos feministas y antimilitaristas. Las mujeres de la ex-Yugoslavia
se han negado a ser las mujeres heridas, violadas o muertas por los hombres
en la guerra, y han sido capaces de construir un discurso propio, extraño a
la dinámica de la confrontación y las fronteras étnicas.
Ajenas a toda lógica (lógica de los estados, de los combatientes),
en 1991, varios cientos de madres interrumpieron una sesión parlamentaria en
Belgrado, reclamando a los hombres que controlaban la guerra que les devolvieran
a sus hijos [43]. Un año después, en una pequeña ciudad de
la Vojvodina, Trenjevac, tras la llegada de 200 citaciones para que los jóvenes
se incorporaran al ejército, las mujeres organizaron protestas continuas contra
la movilización forzosa. Mientras los hombres, sumándose a sus protestas, se
encerraron en la iglesia, ellas se hicieron cargo de la vida del pueblo y de
mantener la acción. Fueron 72 días de encierro durante los que el pueblo estuvo
rodeado de tanques. Las mujeres, pese a toda presión, lograron impedir que sus
seres queridos fueran llevados al frente [44].
Las guerras de la ex-Yugoslavia han estado plagadas de actos
que periodistas e historiadores convierten en anécdotas. Para el feminismo antimilitarista,
sin embargo, son esas las experiencias con las que va edificando su memoria.
Durante toda la guerra, además de las miserias, colectivos
de mujeres de todo el mundo, paralizados a veces por la perplejidad en la que
se sumió la izquierda durante esta guerra, han estado nutriéndose de las palabras
y las acciones de mujeres que han sabido conservar el sentido común cuando el
poder imponía identidades absurdas. Como las Mujeres de Negro de Belgrado, que
desde el inicio del conflicto han estado reuniéndose periódica-mente en una
plaza de Belgrado para hacer ver que la guerra no sólo era terrible, sino también
ridícula:
«Los "Padres
de las naciones" en los Balcanes han optado a través de sus famosos referéndums
por el modelo "ser dueño de su comarca": crean sus propios
estados, levantan barreras en sus FRONTERAS SAGRADAS (..) Sin embargo, los
Balcanes siempre han sido habitados por gran número de etnias compenetradas
con diversos patrimonios culturales y eso no es posible anularlo ni con la
fuerza ni con guerras, ni peleas entre estados. La vida cotidiana y los mundos
paralelos, que son invisibles e insignificantes a los grandes PROYECTOS HISTÓRICOS
corroen subversivamente esos estados-naciones RIDICULIZANDO SUS FRONTERAS
SAGRADAS [45]».
El Centro de Paz, Noviolencia y Derechos Humanos de Osijek (una de las ciudades croatas más afectadas por los combates durante la guerra
de 1991), comenzó siendo un centro de auto-ayuda para las víctimas de guerra,
que pronto se convirtió en un centro pacifista. Sus miembros eran sobre todo
mujeres de edad mediana que habían sufrido la guerra y habían decidido organizarse
para la reconstrucción de una sociedad que no cometiera los mismos errores [46].
Katarina, una de las fundadoras del centro, cuenta su experiencia en Armas
para Luchar, Brazos para Proteger:
«El horror estaba
en todas partes de la ciudad. Yo trabajaba en la Defensa Civil, en refugios
públicos. Al volver de Dubrovnik, decidí que había que hacer algo en estos
refugios, no solamente como simple respuesta a la guerra, sino más bien para
crear paz en una situación diferente. No sé muy bien cómo explicarlo. Nuestros
activistas para la paz comenzaron a decir cosas tales como: "No te olvides
de hablar con tu familia", "cuando vuelvas del trabajo como activista
para la paz, no te olvides de tomar un baño caliente". Si te olvidas
de hacer estas cosas cotidianas puedes llegar a perder el sentido de tu vida
real y solamente estarás trabajando por la paz» [47].
No perder el sentido de la vida, no dejarse
arrastrar por la lógica de una guerra que no es nuestra. Ese ha sido el mensaje que han estado transmitiendo
durante todo este tiempo las mujeres de la ex-Yugoslavia y aquí, muchas feministas
antimilitaristas que han dispuesto de medios para escucharlo, lo han asumido
y transmitido convirtiéndolo en un mensaje propio.
CONCLUSIÓN
Resulta complicado concluir un trabajo que se sabe inconcluso.
Quedan pendientes muchas cuestiones que con más tiempo y pericia habría querido
tratar. No he escrito, por ejemplo, ni una sola palabra sobre el ecofeminismo,
una interpretación del mundo estrechamente unida al feminismo antimilitarista.
Me habría gustado poder aportar algo sobre los movimientos de madres -las Madres
de la Plaza de Mayo, la Red de Madres Indonesias, las madres turcas, las madres
argelinas, las madres de Insumisos, las madres chechenas, madres incansables y capaces de imponerse a las constricciones de los estados
más feroces y represivos cuando quieren saber de sus hijos. Y, como no, intentar
abordar también la cuestión de la violencia revolucionaria, sobre la que cada
vez se dispone de más información procedente de mujeres que han participado
en guerrillas y movimientos de liberación armados.
Pero, tras este difícil reencuentro con el mundo en el que
las palabras se escriben, quizá debería conformarme con haber sido capaz de
reflejar que ha existido, existe y más que probablemente existirá, una manera
diferente de estar en la que el dominio, el sobre los demás, además de no tener
ningún valor, es el más completo de los absurdos.
[ Nota de INSUMISSIA: Este texto fue escrito en junio de 1998 ]
NOTAS
[1] Fina Birulés, en la introducción al
Género de la Memoria, localiza esta cita de
Virginia Woolf en Moments of Being,
1976 (trad. cast. Barcelona, Lumen 1982).
[2] Cigarini, L: La Política del Deseo, p.32. (introducción de Ida Dominijanni).
[3] Josemi Lorenzo Arribas
hace un análisis sobre esta participación en «Antimilitarismo y feminismo: las
mujeres, la campaña Insumisión y 25 años
desobedeciendo».
[4] Carmen Magallón, «La
vida no puede patentarse».
[5] Wolf, C.: Casandra, p14
[6] En su libro Política Sexual, obra emblemática para
el feminismo, Kate Millet acuña el concepto de
patriarcado que continúa siendo utilizado en la. Kate Millet define el gobierno patriarcal como: «una institución en virtud de la cual una mitad de la
población (es decir, las mujeres) se encuentra bajo el control de la
otra mitad (los hombres)». Y añade: «el patriarcado se apoya en dos principios
fundamentales: el macho ha de dominar a la hembra y el macho de más edad ha
de dominar al más joven».
[7] Así ocurrió en España durante el
primer periodo de gobierno socialista. En 1987, el Instituto de la Mujer, introdujo dos curiosos objetivos en su «Plan para la Igualdad
de Oportunidades 1988-90»: el primero, la creación de una comisión mixta Ministerio de Defensa-Ministerio
de Cultura (Instituto de la Mujer) con el fin de estudiar las reformas
necesarias para facilitar la incorporación de las mujeres a las fuerzas armadas.
El segundo, propiciar la paulatina incorporación de la mujer a la Guardia Civil.
[8] Reina Ruiz, en su artículo «Mujer y ejército», estima que en los cuerpos
femeninos que fueron movilizados durante la II Guerra
Mundial, estuvieron implicadas cerca de 500.000 mujeres inglesas. 800.000 mujeres
rusas y 500.000 mujeres alemanas, principalmente
como sanitarias, como trabajadoras en la industria de armamento y dentro
de las fuerzas como administrativas. A diferencia de lo que ocurre en la actualidad,
tenían vetado el uso de las armas.
[9] Olfield. S.: Women
Against de Iron Fit. Alternatives to Militarism, p. 210. Citado por Carmen
Magallón en "Hombres y mujeres: el sistema sexo-género y
sus implicaciones para la paz", p.67.
[10] Rivera. Mª M: «La historia de las mujeres ¿es hoy la
historia?», p.67.
[11] Magallón. C.: "Hombres
y Mujeres: el sistema sexo-género y sus implicaciones para la paz". p.
66.
[12] Pensaba en principio utilizar como ejemplo de este apartamiento
que permite seguir cuidando de la vida hasta en los momentos más extremos, el
testimonio un militar español que estuvo de campaña en el Rif durante la época del Protectorado Español (1912-1956).
En un libro en el que relata su experiencia, explica que los zocos,
espacios completamente libres de hombres, continuaban siendo lugares de comercio
e intercambio cuando todos los segmentos de la tribu estaban enfrentados. Las
mujeres, al no ser guerreras, eran respetadas y se convertían en las encargadas
de las transacciones «normales», siendo así los zocos «lugares de paz». Pero
como me es imposible saber lo que pensaban las mujeres rifeñas, he creído oportuno
añadir una cita de "Jadranka Milicevic, Mujer en Negro. Una amiga en Sarajevo",
que dice: «Pero ocurren milagros que sobrepasan
la literatura, el teatro y todo lo demás. La gente sobrevive de formas increíbles
porque para mantener la vida se necesita mucha energía y mucha estabilidad
física y psíquica. Hemos elaborado sistemas y sabemos cómo, cuándo y por dónde
caminar, cruzar la calle, buscar el agua y la leña, cocinar con las recetas
de guerra... Nos teñimos el pelo con una mezcla de jabón hidrogenado con crema
de afeitar. Sabemos a qué hora pueden salir nuestros niños a jugar al patio y a qué hora tienen que esconderse».
[13] Alison A.: «Poder mujeril y política nuclear. Las mujeres y el movimiento por la paz», p.211.
[14] Woolf,
V: Tres Guineas, p.193
[15] Millet, K.: Política Sexual, p.162.
[16] Nash, M: El feminismo, 17, p.19.
[17] Librería de Mujeres de Milán: No Creas
Tener Derechos, p.154.
[18] Iglesia, M: "¡Mujeres
al ejército!: Mujeres contra el ejército", p. 71.
[19] Recojo esta imagen de las actas del último encuentro de la Red
de Mujeres de Negro del Estado Español, celebrado en mayo de 1999.
[20] Zajovic, S.: En la introducción a Mujeres
por la Paz, p.10.
[21] Kelly, P.: Por un Futuro Alternativo, p.63.
[22] Hertsgarrd, M.: «El legado de Petra K. Kelly» en, Por un Futuro Alternativo, p.160.
[23] «Sobre misiles y sueños
pacifistas», p. 5.
[24] En 1983, por ejemplo, bajo mandato socialista, se funda
el Instituto de la Mujer, dependiente del Ministerio de Cultura y Asuntos Sociales.
[25] Folguera, P.: «De la transición política a la Democracia.
La evolución del feminismo en España durante el período 1975-1978», p. 123.
Grupo de Mujeres Antimilitaristas. MOC: Mujer y Antimilitarismo, p. 26.
[26] Reproduzco aquí un fragmento de la intervención de Maria
Gascón, miembro de uno de los Colectivos Anti-OTAN de Madrid durante
el Segundo Encuentro por la Paz celebrado en 1985 en Barcelona: «Finalmente,
hay quienes pensamos que la igualdad que reclamamos no es ni lo uno ni lo otro
[ni identidad, ni competitividad con los hombres], sino, a partir del reconocimiento
de nuestra identidad como mujeres. la ausencia
de discriminación en función de nuestro sexo, que sólo puede darse si desaparecen
las bases materiales de nuestra opresión. No es suficiente la igualdad
de oportunidades, es preciso saber si esa oportunidad es favorable o contraria
a la consecución de una sociedad de la que desaparezcan la injusticia y la opresión.
Y esta cuestión está íntimamente relacionada con la Paz.
[27] Me estoy refiriendo en concreto a «Vindicación Feminista»
que publicará veintiún números desde 1976 a 1979, a Donas
en Lluita (1977-1983) Ira
Poder y Libertad cuyo primer número se edita en 1980 y que continúa saliendo
en la actualidad.
[28] Por ejemplo, el n° 6 de Poder y Libertad,
que sale bajo el título "Guerra y Paz", está dedicado prácticamente
por entero a la violencia contra las mujeres.
[29] Dones en Lluita, 1. p.7.
[30] Madrid Feminista, 0, p.3.
[31] Iglesia M.: "¡Mujeres al ejército!:
mujeres contra el ejército". p. 70.
[32] Mujeres del Comité per la Pau i el Desarmament del Guinardó: Actas del Segundo Encuentro del Movimiento
por la Paz, p. 56.
[33] Mujeres Antimilitaristas del Moc: La Oveja Negra, 39 pp. 9-11. En el n° 55 de La Puça y el General aparece por las mismas fechas. abril
del 88, un artículo titulado "Dona y FAS, no marcarem el pas" en el que
son entrevistadas mujeres del MOC, DOAN, de l’Eix Violeta y del
MILI KK iniciadoras de la campaña.
[34] Ca la Dona. 9. p.3
[35] En el número 7 de Duoda
se publica un artículo en el que Dones Antimilitaristes hacen un repaso de su
historia. Entre otras cosas, aportan su experiencia en esta acampada: «L’any 84. una dona de Greenham. va venir
a Barcelona per explicar-nos la seva experiència, i vam improvisar una acampada amb ella després de l’acte y escoltarem les gavines y els rodamons mentre es feia clar, sense acabar d’entendre perquè allò era tan important per ella. De mica en mica ens anàrem ficant a la teranyina de solidaritats i "plantades" que representava el campament de la pau a Greenham. "No som només els missils, són
totes les coses, les que volem canviar...»
[36] Mujeres Antimilitaristas:Mujer y Antimilitarismo, p.27.
[37] Mujeres Antimilitaristas:Mujer y Antimilitarismo, p.34.
[38] Lowry. M: "Una voz de los campamentos por la paz. Greenham
Common y Upper Heyford". p.92.
[39] Panos Institute, Armas para Luchar, Brazos para Proteger. p.300.
[40] Panos Institute: Armas para Luchar, Brazos para Proteger, p.33.
[41] Mujeres en Acción, 4, p. 11.
[42] El dato lo he obtenido en "El segundo frente. La
lógica de la violencia sexual en las guerras". un artículo de
Ruth Seifert que conforma junto
a otros La Mujer Ausente, un libro en en el que se analizan las formas específicas
de la violencia contra las mujeres en los conflictos armados.
[43] Stasa Zajovic: "Militarismo y mujeres en
Serbia", p.21-24
[44] Montse Reclusa: "Trenjevac,
ciudad de paz".
[45] Mujeres por la paz. p.77.
[46] Aguirre. X.: Yugoslavia
y los ejércitos,
p.267.
[47] Panos Institute: Armas para Luchar, Brazos para Proteger, p.297.
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Antimilitarismo
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Antimilitarismo
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(y II)
Guerra
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Masculinidad,
violencia y ejército: Proyecto Silencios
La
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Las
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Patria
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Pat
Carra: la guerra en la mirada de las mujeres

- Política de las mujeres. Política antimilitarista (Ana Peralta)
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